Los mejores deseos

Se me ocurre pensar en todas esas felicitaciones y expresiones de buenos deseos que prodigamos en estas fechas continuamente. No hay encuentro que no se salde con una "¡¡Felices Fiestas!!" o un "¡Feliz año!!" y además así, con admiraciones, para enfatizar más nuestro saludo.
Hay quien dice estar harto de tanta hipocresía, de que solo seamos capaces de hacerlo en unas fechas determinadas o cosas por el estilo. Y tiene razón quien así piensa; pero creo que está viendo el panorama desde un ángulo muy pequeño, o limitador.
Pienso en todas esas expresiones. Pienso y me doy cuenta de todo lo que hay tras ellas, lo que no se ve ni se oye pero está ahí, y lo que veo es una carga impresionante de pensamiento positivo. Expresar deseos de felicidad, paz, alegría, de poder compartir grandes y pequeños momentos con familia, amigos, pareja ... no es, en definitiva, más que una carga masiva de pensamientos positivos expresándose a todas horas, saliendo de nuestra mente y en muchos casos de nuestro corazón (estoy convencida de que la mayoría de las veces es así) como torrentes que manan a borbotones. Pero, sin darnos cuenta, todo eso que construímos para poder ser expresado, se hace también en nosotros; es como si quedara en nuestro ser el residuo de su fabricación. Y así, de esa forma tan simple, nos positivamos también; nos hacemos más sensibles a la felicidad, emocionalmente más abiertos; nos predisponemos a recibir aquello mismo que estamos deseando a otros.
Nos volvemos más eufóricos, alegres, risueños, comunicativos, íntimos, tolerantes. Y no es de extrañar. Tantos pensamientos positivos, tanta buena energía zumbando alrededor, corriendo presurosa de una boca a otra, de una mente que la envía a un corazón que la recoge (o viceversa) tiene que dejar el espacio invisible en el que nos movemos cargado y recargado, como si de una autopista supersónica se tratara, de las mejores vibraciones de las que somos capaces. Y, al final, lo enviado llega también.
Se prodigan los besos, los abrazos, las alegrías de los encuentros, los recuerdos emocionados para los que están lejos o no están, se comparte vida.
Creo que ese es el gran milagro de estas fechas y lo gracioso es que es un milagro que fabricamos nosotros mismos con cada uno de esos gestos y expresiones.
El resumen de esto sería algo así como: "¿Quieres algo especial y maravilloso? Deseaselo con todas tus fuerzas a todo aquel a quien creas que podría benefiarle que se realizara en él, eso mismo que tanto deseas."  

El humus

Estar coloreando un mandala mientras piensas ¿Pero qué puñetas hago yo aquí?, enlazar el simbolismo del color que estás usando para empezar a pensar en las peculiaridades del trabajo agrícola que ha aparecido como una oportunidad y acabar comprendiendo una enseñanza de vida, puede parecer un poco enrevesado, pero así es como sucedió.
Había tomado una decisión y me había lanzado a ella llena de ilusión, pero ese mismo día me asaltaron multitud de dudas respecto a mi capacidad, la viabilidad de esa ilusión y lo acertado de mi decisión. Las dudas siempre asaltan a traición; esperan el momento en que detienes un poco la euforia para hacer acto de presencia y como se te ocurra dedicarles una pequeña mirada, se instalan haciéndose fuertes y debilitando tu voluntad.
Había preparado la comida en poco tiempo pero todos parecían disfrutarla a gusto; comíamos al sol en un esplendido día de otoño, las aves trinaban espectacularmente por todas partes y nos rodeaba un paisaje natural y prometedor; todo parecía idílico. Pero yo me sentía un poco desubicada. Quizá, en definitiva, aquello no fuera lo que yo había creído que sería; quizá tampoco en ese lugar alcanzaría los medios para desarrollar todo lo que he ido aprendiendo y sintiendo; quizá, tampoco ese era el lugar adecuado.
En medio de la inquietud, cuando más amenaza hay de que me precipite, suelo ponerme a colorear mandalas. Es como darle un tiempo de quietud al alma, como poner una barrera a un torbellino para dejar que se diluya antes de causar destrozos irreparables.
En ese caso correspondía coger un color al azar y salió el marrón oscuro. Con más contrariedad que otra cosa empecé a colorear; habría deseado que saliera un color más alegre y dinámico, un color que estimulara mi positivismo y me hiciera ver la luz donde solo veía oscuridad. Pero salió el marrón oscuro y tenía que ser fiel al juego.
Casi estaba terminando cuando surgió esta conversación con una de las personas que estaba en la finca ese día (gracias Mayte)

  • ¿Marrón?
  • Si, hija sí. No me gusta nada el marrón, pero es el que ha salido.
  • Uhmmm, Marrón...como la tierra
  • Bueno, a lo mejor me está diciendo que trabaje la tierra.
  • Y como el humus
  • ¿Humus? Si, es cierto. Parece el color del humus.

Fin de la conversación. Principio del pensamiento.

Hay veces que una sola palabra parece tener la llave de nuestra mente inteligente, esa que comprende sutilezas que se le escapan a la mente racional. Ese día, la palabra clave fue humus.
Fue como si hubiera escrito en el buscador de Google “humus” y aparecieran cientos de entradas. Mi mente empezó a hacerse humus; veía todo el proceso en instantes más pequeños que los segundos, sentía la transformación de la materia orgánica; el ciclo vida/muerte/transformación/vida....yo misma era árbol, hoja, tierra, microorganismo, bacteria y, de repente, la memoria encontró una frase que había leído hacía pocos días y que he repetido mucho desde entonces “Los grandes logros, como los grandes amores, requieren de grandes esfuerzos”.

Y la claridad se hizo.

Las decisiones importantes no pueden valorarse en un instante determinado, sino a través del tiempo. En ese tiempo, lo surgido de esa decisión irá tomando cuerpo, transformándose, avanzando paso a paso, quizá mostrando otras opciones que resultan aún mejores, encontrando en la quietud la verdad profunda que la puso en marcha. Solo al final mostrará todo lo que implicaba ese proceso; solo al cabo del tiempo se podrá llegar a conocer de qué forma te afectó e influyó en los demás. Pero no puedes detenerla al primer instante de duda.
Si la hoja que cae de un árbol se seca nada más llegar al suelo, ha muerto sin aportar nada a la tierra que alimentó su crecimiento. Ha de posarse, mezclarse en su humedad, descomponerse, trasformarse y volver a penetrar en ella entregándole su riqueza para que otras como ella puedan volver a nacer.

¡Qué parecido a la vida es esto! Solo podemos proporcionar riqueza a nuestra vida, si estamos dispuestos a someternos a procesos de intensa transformación en los que deberemos dejar atrás mucho de lo que fuimos, con la seguridad de que las cosas verdaderamente importantes siempre permanecerán. Quizá de otra forma, quizá menos evidentes, pero siempre estarán.

Como el árbol, las ramas de mis experiencias se llenaron de las hojas de mis emociones y los frutos de mis pensamientos, pero solo es posible mi propia regeneración si soy capaz de desprenderme de las que ya cumplieron su ciclo y, así, estaré proporcionando a la vida el sustrato necesario para crear las condiciones adecuadas para que se produzca un nuevo renacer. Pero todo ese proceso necesita tiempo también; tiempo para solidificarse, hacerse estable, consolidarse y colocarme en la mejor disposición para ver llegar los nuevos brotes y celebrarlos con alegría en vez de con temor por si no soy capaz de alimentarlos adecuadamente.

Cuando terminé de colorear el mandala miré a mi alrededor. Sí, estaba en el lugar adecuado. Había mucho por hacer y quizá algún día me flaquearan las fuerzas, pero era ese mismo hacer el que iría construyendo ese mismo tiempo en que la tierra, el agua, la materia orgánica, los microorganismos y el tiempo se alían y logran ese gran milagro de la naturaleza que llamamos humus.


La obsolescencia de las certezas

Hace tiempo que tengo en la cabeza  comentar algo sobre las certezas; esas afirmaciones que tan categoricamente solemos expresar como irrefutables e inamovibles.
No es fácil hablar de esto porque parece haber una sutil línea que hace apenas perceptible la diferencia entre opinión, creencia o convencimiento y certeza; una línea que suele hacer que nos la saltemos alegre e impunemente cuando nos pronunciamos en algún sentido.
Todo esto viene a colación de una conversación en la que actúe como mero testigo. Una conversación en la que oí pronunciamientos muy rigidos que denotaban una absoluta seguridad sobre algo que yo sentía decadente. Eso me hizo pensar en la obsolescencia; esa llamativa palabra a la que ahora estamos tan acostumbrados por aquello de la "obsolescencia programada"; esa artimaña que se han inventado los industriales para hacernos tirar algo que podría durar mucho más si se hubiera fabricado con conciencia de durabilidad y sin embargo se ha construido adrede con un tiempo de vida programado muy corto. Es un producto de la sociedad de consumo en la que vivimos.
 Estamos acostumbrados a eso, con mejor o peor gana lo hemos aceptado e incorporado a nuestras vidas y no pasa nada (Aparentemente, claro)
En cambio nos posicionamos con una rigidez extrema ante ideas, conceptos o creencias que deberían ser más flexibles; deberían estar adecuados a nuestros propios cambios, a la evolución personal propia del ser humano, a nuevos descubrimientos que nos demuestran que siempre estaremos muy lejos de la verdad absoluta, del conocimiento pleno, de la total certidumbre. Porque todo esto es lo que realmente define lo que es la certeza.
Durante largos periodos de la historia se tenía la "certeza" de que el planeta Tierra era plano y el sol giraba a nuestro alrededor. Hoy eso nos da risa. Como este ejemplo hay millones que han ido jalonando la historia del hombre.
Nuestras certezas se dan de morros constantemente con nuevas evidencias y lo que me resulta más llamativo es lo que nos cuesta desprendernos de ellas para aceptar lo que la evolución de  nuestros conocimientos va trayendo.
Necesitamos las certezas; necesitamos sentirnos reforzados y afianzados por determinadas certidumbres a las que nos asimos como a botes salvavidas, aún antes de que el buque en el que navegamos llegue a zozobrar siquiera. Y, a veces, nos aferramos tanto a ellas que no somos capaces de disfrutar contemplando la serenidad de un mar en calma.
Quizá el recurso de la certeza sea una forma de anclarnos en un mundo que está en constante metamorfosis. Quizá sea algo como lo que me dice mi hija cuando ve que empiezo a cambiar los muebles de sitio. "Mamá, en mi vida, que está en constante cambio,  necesito que algunas cosas permanezcan quietas".
Pero, una cosa es que algo permanezca y otra muy diferente es que sea inamovible; y el riesgo de las certezas a las que llegamos en la vida, es que se conviertan en un ancla que no nos deja movernos, evolucionar, crecer.
Y me pregunto por qué ¿por qué nos resistimos tanto a demoler lo que sentíamos como certeza a pesar de que no hay nada irrfutable?
Tengo la sensación de que es consecuencia de un error de interpretación. Por desgraciame temo que es algo que deviene de las enseñananzas de las religiones habidas y por haber en todas las épocas de la humanidad, porque lo primero que se exige y predica es la absoluta certeza respecto a la existencia y verdad incuestionable del dios que pregoniza cada religión. Desde ahí se ha ido postulando el asentamiento de las certezas como símbolo de coherencia, firmeza de caracter, honorabilidad, persona que inspira confianza ... etc, etc... y lo contrario a eso parece presentar a alguien veleidoso, irresoluto, contradictorio, alguien que provoca desconfianza (sobre todo porque no se puede etiquetar de ningún modo)
Me temo que estoy en este segundo grupo (y digo lo de "me temo" por aquellos que necesitan tener la certeza de saber como soy y lo que pienso). Mis certezas, las pocas que tengo, son ciertas hoy; pertencen al instante de vida en el que me encuentro. Algunas, como que soy madre y todo lo que ello implica sentimental y emocionalmente, lo más seguro es que puedan considerarse verdaderas certezas. Pero a pocas cosas más puedo asignar el titulo de certeza porque si soy un ser en constante evolución, también deberían evolucionar mis pronunciamientos, mis creencias, mis opiniones, mis experiencias (que suelen ser la base de todo lo demás). Como suele decirse, si hay algo verdaderamente cosntante en el universo, es que todo está cambiando constantemente.

Bien, he de decir que tengo que agradecerle a mi reciente amigo Jesús Arnau el haber encontrado la palabra "certeza" porque, aunque hace mucho tiempo sentía la necesidad de expresar este pensamiento, no había localizado la palabra que expresaba mi idea y fue leyendo un post suyo en su blog cuando me di cuenta que esta era la palabra que definía el eje de mi comentario. Sé que no añado prácticamente  nada a lo que él dijo, pero mi expresividad también necesitaba su espacio y se lo quería conceder. Gracias Jesús.

"El cazador recolector de certezas" http://lapoda.wordpress.com

A contratiempo

Muchas veces nos encontramos con momentos de la vida que sentimos como una pesada carga, porque no comprendemos que suceden para que pueda realizarse lo que no vemos.
Si dejamos de ver esos momentos como un contratiempo constante, nos ponemos a favor de la Vida, dando por hecho que, cuando sea el momento de caminar por otros rumbos, la Vida se encargará de poner la nueva senda por delante.
Solo hay que estar atentos a estos cambios que la Vida requiere y no oponerse a ellos porque, nuestra verdadera Vida, tiene algo que hacer y nos reconducirá una y otra vez hacia ello con los medios que tenga para hacerlo. Cuanto mayor es la oposición, mayor es el sentimiento de desorientación, conflicto e incomprensión.
Al final es fácil, simplemente acepta como la oportunidad de algo nuevo todo lo que pueda parecer un contratiempo y situate expectante e ilusionado ante ese futruro que se acerca.

No huir

A veces, la necesidad de escapar de una situación que sentimos opresiva, nos empuja a tomar decisiones precipitadas; a ver salida donde no la hay; a poner un excesivo énfasis en recuerdos del pasado que nos parecen mejores que el momento actual y a los que queremos volver.
Pero, por suerte, a veces suceden cosas que detienen ese movimiento precipitado y nos reconducen hacia la dirección que debemos tomar.

Los sueños

Alguien comenta que ha tenido un sueño esa noche en la que prácticamente repetía lo hecho durante el día anterior.
Otra persona que hay cerca dice que eso es normal, que la mente proyecta en los sueños lo vivido en el día.
Yo guardo silencio. No estoy de acuerdo con esa explicación.
Podría haber dicho que eso solo sucede cuando no se ha limpiado la mente antes de entregarte al sueño; o cuando algo de lo vivido en el día necesita ser contemplado desde otro plano para comprender o aprender algo que se ha pasado por alto. Y que entonces, cuando la mente ha quedado limpia y ya se ha revisado conscientemente lo vivido en el día, los sueños son diferentes, traen otras cosas a nosotros, nos introducen en una dimensión y un conocimiento de nosotros mismos y de cuanto nos rodea tan alucinante, que al despertar nos damos cuenta que nuestra propia mente no ha sido capaz de fabricar lo soñado; que son sueños que llegan para que avancemos en el camino espiritual y nos hablan de cosas imposibles de imaginar.
Pero no lo dije. Quedé en silencio preguntándome al mismo tiempo por qué lo hacía. Ahora lo sé.
Hacerlo significaba decir que lo sabía porque los he tenido. Decirlo significaba que yo iba un paso por delante y eso hace que no se vea cuantos pasos me queden por dar, cuanto me quede por aprender, cuanto camino tenga que recorrer y solo quede una impronta ¿por qué tú si y yo no? ¿Qué tienes tú de especial para que sea así? ¿Crees que eres mejor que yo o que trabajas más en el camino espiritual?
Todas esas preguntas pueden  hacerse con una simple mirada, sin pronunciar ni una sola palabra. La he visto muchas veces.
Y porque hay personas a las que gusta manifestar cuanto saben y cuan especiales son y a las que no les gusta nada que alguien normal les haga sentir que hay cosas que aún no saben.
A veces estamos tan llenos de cuanto sabemos, que no estamos capacitados para aprender nada nuevo.

La Luz

Mente se hace Luz cuando el pensamiento piensa en Dios.
El pensamiento construye el camino por el que alma acude a Dios.
Ella es la que trae la anhelada Luz.
La vida se hace Luz cuando Alma encuentra a Dios.

A saltos

Me propongo hacer algo y acabo haciendo otra cosa que aparece por medio. La intención me lleva hacia algo para luego hacerme descubrir que lo que realmente debía hacer era otra cosa en la que no había pensado. Suele sucederme. Hoy me ha sucedido otra vez.
Me disponía a leer algunas notas escritas a mano que tengo bastante dispersas, con la intención de seleccionarlas y ordenarlas. Abro un archivo para seguir escribiendo en él y encuentro unas notas que hace tiempo escribí.
Decido transcribirlas aquí porque, aunque en un principio nacieron como la expresión de mi más íntimo pensamiento, parecen estar escritas para ser compartidas.
Las expongo y, en definitiva, asumo el riesgo de la opinión que el lector pueda formarse. 
Pero ¡la verdadera vida es riesgo!


Debo tener un agujero en algún lugar de mi mente. Un agujero por donde los buenos propósitos se cuelan y desaparecen.
¿Qué pasa con ese agujero? Al final del día de muchos días, parezco comprender algunas cosas que antes estaban confusas; al día siguiente los conceptos claros han desparecido, como si lo hubiera olvidado todo. De hecho es así. Los he olvidado; no se han fijado en mi mente. Dicen que cuando algo está muy lleno no se puede poner nada más. Es obvio.
Aunque ese más que se pretende incluir sea de vital importancia, si está lleno no cabe.
Esto me hace recordar una película que vi en la que la protagonista tiene amnesia diaria. Cada día despertaba sin recordar anda y tenía que volver a recuperar todos sus recuerdos; solo que esa recuperación solo le valía para ese día. Al día siguiente volvía el vacío de memoria. El final de la película presentaba un ardid para agilizar ese conocimiento de sí misma y de sus circunstancias: el marido le llenaba de notitas, de videos y de todo lo que le valiera para encontrarse a sí misma rápidamente y poder vivir ese día sin sentirse extraña con todo lo que encontraba al despertar.
Quizá yo deba hacer lo mismo. Podría ser que mi agujero se lleve lo aprendido cada día y necesite escribirlo cada noche y leerlo nada más levantarme.
En esa película la amnesia era producida por un accidente; yo no he tenido ninguno (que yo sepa). Yo estoy saturada, tengo la mente totalmente obstruida. tanto, que no sé como vaciarla.

Luz siempre está. Soy yo la que no la percibe en muchas ocasiones porque mi mente está demasiado llena de demasiadas cosas. Demasiados proyectos indefinidos, demasiados recuerdos, demasiadas historias incompletas, demasiados pensamientos obsesivos. Y sigue llenándose cada día con lo que cada día recojo. Hay que sacar, vaciar todo lo que no es importante, limpiar, desprenderse de lo que obstruye y bloquea, de lo que se ha colado y no debe estar.
Cuando algo del terreno material me preocupa, lo soslayo y pospongo su resolución absurdamente; como si al hacerlo evitara el problema. No es haberlo analizado y concluir que nada puedo hacer en ese momento confiando que llegará el momento en que las circunstancias resulten favorables a su resolución, sino que dejo que se instale cómodamente en mi mente ocupando un gran espacio y haciendo mucho ruido.
Por eso es necesario revisar cada día lo que hay en la mente. Repasar bien cada rincón hasta asegurarse de que no ha quedado nada que no deba estar y vaciarse de lo inútil para que pueda entrar la Luz que llena la Vida.
Hay una solución mejor: rezar. Y no es solo rezar en el sentido de acudir al Espíritu; es como si rezar obrase el milagro de librar a mi memoria de ese exceso de información que nada aporta a mi alma. Como si alguien pasara un trapo sobre una mesa que ha quedado sucia después de trabajar en ella

***

Un ángel es como una página en blanco donde van quedando escritos nuestros pensamientos y nuestros sentimientos.
Ellos, los ángeles, son las páginas del Libro de Dios y cuando son llamados, presentan lo que ha quedado escrito en ellos. Lo escrito en ellos habla de nosotros.
Cada ángel enviado en verdad está sacrificando su pureza para recoger las palabras de nuestro corazón y nuestra mente y poder hacérselas llegar a Dios.

Cada noche, mientras dormimos, esa página vuela, se posa sobre nosotros y recoge lo que encuentra. Si hay algo digno de ser presentado, al amanecer mirará hacia Dios y declamará esas palabras,; si no hay nada digno de ser presentado, el ángel no mirará de frente a Dios para que no quede de manifiesto nuestra miseria … y se quedará sin alimentarse de la Luz de Dios.
Cada día que vivimos sin poner algo hermoso en nuestra vida, es un día que dejamos al ángel sin alimento.
Cada día que ángel puede volverse a Dios y que Dios lea lo escrito por nuestra vida, ángel se llena de Divina Luz y al volverse de nuevo a nosotros para seguir mirándonos, esa Luz Divina irradiará sobre nosotros, sobre nuestra vida.
Y esto no es un cuento, ni la novelación de un pensamiento. Es experiencia personal.

***

Está diluviando. Como si el cielo hubiera estado mucho tiempo cerrado y, de repente, hubiera abierto todas las puertas a la vez. No ha sido así exactamente en este caso; es el fruto de una día de ayer ardiente; era como el fuego del desierto y ese mismo calor es el que ha provocado esta tormenta, esta lluvia tan intensa.

Me viene el pensamiento del Diluvio y pienso en el paralelismo entre el bochornoso día de ayer y el torrente de agua que cae hoy y en lo que significa ese agua. El Amor, la Vida verdadera, lo que da vida a la vida para que la vida sea.
Echamos agua a las plantas cuando están secas para que no mueran. Es curioso pensar que el ser humano, a pesar de lo que parezca, es principalmente agua.
Creo que el Diluvio significa la escasez de amor que hay en el ser humano.
Ayer fue un día abrasador y un solo día ha sido capaz de desatar hoy esta tormenta. El Diluvio significa la Humanidad entera seca de amor, de Amor de Verdad y a Dios enviando todo el Suyo para limpiar nuestras miserias; aunque con eso llegue a destruir todo lo que somos. En realidad nos da la oportunidad de comenzar de nuevo, empezar a vivir una vida nueva.

Hubo un tiempo en que rezar me consolaba, me reconfortaba, me daba energía e ilusión, pero ya no es así. No es que las oraciones hayan perdido fuerza, es que no me quedan fuerzas para acudir a la oración. También ese castillo se me ha hundido. ¿A quien rezo? ¿Quien recoge las oraciones? ¿Dios? ¿Qué Dios? ¿El que describe la Biblia? ¿EL que se llama Alá en el Corán? ¿Un ser que manifiesta demasiados rasgos humanos como para dar confianza de inmutabilidad, de estar al margen de las miserias humanas?
Qué pena, qué pena más grande. Los hombres hemos destruido a Dios de tanto hablar de él, de tanto querer comprender quien es, de tanto investigar en lo que ha dicho, transmitido, manifestado.
De tanto querer saber quien habla y escucha hemos dejado de hablarle y escucharle. Al menos eso es lo que me ha pasado a mí.
Recuerdo algo de un sueño que he debido tener esta noche, y digo he debido porque no recuerdo nada de él; solo unas palabras que alguien me decía: “¿Comprendes ahora que, a veces, lo que está dentro está afuera y lo que está fuera está dentro? Lo más curioso es que yo decía que sí, que lo comprendía, cuando no comprendo nada de lo que quería decir. Debía ser una parte de mí que apenas conozco la que contestaba.

 ***
Madre ¿Por qué Dios no hablaba a las mujeres en la Biblia? ¿por qué no hubieron profetisas, ni patriarcas mujeres? Y, si las hubo, si Dios Padre si habló con ellas e hizo de ellas transmisoras de Su Palabra,¿cómo pudo consentir que los hombres acallaran su voz, que no dejaran testimonio de ese tiempo?
Sabes que creo, que sí lo hizo, que sí habló a través de ellas muchas veces y que viendo la forma en que los hombres ignoraban los mensajes llegados a través de ellas, se hizo mensaje vivo e hizo que fuera transmitido a través de una mujer. De Ti, de lo que Tú representas. Casi parece decir: “Lo que más despreciáis vosotros, es lo que más amo yo; aquello a lo que dais menos valor, es en verdad lo más valioso para mí

***

El Pan en el que se alimenta nuestra alma, está hecho con el trigo que creció de las semillas que el Sembrador plantó en nosotros; el Vino en que nuestra alma sacia su sed salió de las uvas que crecieron en la viña que el Señor plantó en nuestra alma.
Y el agua con las que se riega ese trigo y esa viña, es el amor que dejamos que sea nuestra vida.
Madre vierte su Amor en nosotros para que nos hagamos amor y crezcan y fructifiquen nuestro trigo y nuestras vides.
Padre envía segadores a recolectar la cosecha; nombra administradores que velan por su hacienda y maestresalas que distribuyen lo obtenido; aunque no sepan de donde salió; y así hace que muchos reciban lo que no tienen por sí mismos.

Mente se hace luz cuando el pensamiento piensa en Dios. Esto es Luz.

Madre se viste de misterio para ser buscada. Madre se oculta en lo secreto para ser encontrada.

***
Lo más importante de estas notas no es lo que diga, todo lo que digan; ni que sus deducciones o conclusiones sean perfectas o irrefutables. Lo más importante es que existan, porque ellas recogen los pensamientos que he encontrado y los que van llegando. Puede que no todos estén bien desarrollados, que algunos induzcan a error, pero algunos serán buenos de verdad, estarán alumbrados por la presencia de Luz y esos perdurarán en el tiempo.
Un día, uno cualquiera, volverán a ser leídos y los que mantengan intacta su luminosidad se alzarán sobre los otros y seguirán hablando. Pero, si no son recogidos cuando los miro, simplemente se pierden en el olvido.

 
18 mayo 2011

Siento una apatía enorme, algo que se podría llamar laxitud y que no es la primera vez que siento. Lo más sensato debe ser esperar a que pase; como otras veces ha pasado también. Pero mientras dura...es extraño lo que siento.
Pienso en rezar, pero la oración está vacía de fe y se vuelve un acto mecánico que no me llena nada ese vacío.
Rezar para pedir la fe, la fuerza, la pasión. Pero pedir significa que se carece de lo pedido y me pregunto por qué carezco de eso. Me pregunto qué hace que a veces la sienta y a veces no.
Mi boca parece sellada, los labios permanecen unidos y no salen apenas palabras; ni siquiera para hablar contigo, para expresarte lo que siento. Solo el sonido del teclado al escribir estos pensamientos producen algún sonido. ¿Lo escuchas como si fueran palabras también?
Añoro los diálogos, la interacción; pero parece que es algo que perdí.
Dicen que no se puede perder lo que no te pertenece y que nada pertenece a nadie; ASÍ QUE NUNCA SE PIERDE NADA. Pero sí se tiene o percibe cuando está presente y si esto es así, es que estuvo presente y ya no lo está.
¿Tengo alma? ¿O soy una cascara vacía o hueca? Y si la tengo, si permanece conmigo ¿por qué no la siento? ¿por qué no me responde? ¿por qué no me hace saber cómo está y cómo siente? Y si no la tengo ¿donde está? ¿por qué no está en mí?

***

 Si en esta última nota he puesto la fecha es por lo que significa. NI siquiera recordaba que hubiera escrito esto, pero ahí estaba. Y ahora, tan solo un poco más de un mes después, puedo decir de qué forma Madre me regaló pocos días después el descubrimiento de algo apasionante. Quizá ese vacio que sentía no era más que la ausencia temporal de mi alma, que andaba recorriendo universos más vastos y luminosos para recoger un mapa que me  está llevando por nuevos caminos. Una vez más, otra maravillosa vez más, puedo decir y asegurar que Dios sí habla con los hombres, que nos escucha y responde, que nos orienta y enseña, que nuca ha dejado de hacerlo. El problema que tenemos es que nos dirigimos hacia Dios, hacia su aspecto masculino o femenino, con menos confianza que si echaramos una instancia en el "departamento de décimos de loteria premiados a disposición del público"; hasta ahí volveríamos para ver las listas una y otra vez aunque muchos pensasen que es una tontería, que nunca se reparten premios de verdad. 
Lo que más nos cuesta comprender es que Dios está dentro y que hay que ir hacia dentro para encontrar esa chispa luminosa y divina que hay en cada uno.
Una de las primeras cosas que Madre me enseñó es de lo más simple. "Cuando empiezas a limpiar algo, lo primero que descubres es toda la suciedad que tiene acumulada. ¿Qué haces cuando eso sucede? ¿La dejas ahí y te vas o sigues limpiando hasta verla desaparecer?





El cambio

Hay veces en que la vida, inesperadamente, te pone ante algo que tiene la capacidad de establecer los cimientos de una nueva vida; pero solo te los muestra.
Es como si te hiciera un guiño, un jugar a: ¿a ver si adivinas donde está la pelotita?
Te muestra la puerta, pero espera que la abras tú; te muestra el camino, pero quiere que lo andes tú. Y eso siempre implica decidir algo sobre algo que impide, obstruye, atasca, atora y se interpone al acceso a esa otra forma de vivir.
A veces, ante esos contratiempos, la inmediata reacción es renegar, sentirse manipulado por la vida que parece jugar con nuestras emociones y deseos; que nos pone la miel en los labios y luego no nos da más. Es difícil no quere más tras haberla saboreado.
Lo que en realidad hace el bendito universo es acudir en nuestra ayuda a pesar de todo. Conoce en profundidad nuestros anhelos, nuestros más recónditos sueños y nos pone ante algo que viene a quere decir: "¿Ves? Eso que sueñas existe; está ahí, muy cerca ¡Ve a por ello!"
Lo que ha hecho es untar nuestros labios con miel y enseñarnos donde está el panal para que cojamos toda la que queramos.
A veces la esencia mediocre que también vive en nosotros ve las abejas, oye sus zumbidos, teme sus picaduras, se asusta y se retrae; aunque haya probado la miel.
A veces la esencia precipitada que vive dentro de nosotros se abalanza como un oso furioso contra el panal y además de las picaduras que se lleva, destruye el panal.
 A veces se tiene la suerte de que la voz del universo es clara y se puede oir como dice: Vé a por tu miel, pero con calma. Así, no te harán daño las abejas, ni tú a ellas.
Ser osado no es ser intempestivo; ser prudente no es amilanarse.

El cambio es como el agua; su discurrir es transformación. El cambio es vida y para que la vida esté viva, hay que cambiar la forma en que se vive de tanto en tanto.
A veces el cambio es entrar en la quietud, a veces el cambio es salir del estancamiento.
Sea cual sea, el máximo cambio se produce cuando se abandona la inercia por la que parecemos estar moviéndonos, cuando, en realidad, no hacemos más que dejarnos arrastrar por un ímpetu pasado.

El autovampirismo

Esta mañana he escrito unas notas sobre un pensamiento. Mal hecho. no el haberlas escrito, sino no haberlo hecho aquí.
Si lo hubiera hecho aquí, quizá una persona lo hubiera leído y habría entendido el mensaje de una forma más suave a como le ha llegado luego. Si lo hubiera hecho aquí habría seguido mi instinto y, lo más seguro, habría tenido el fin adecuado.
No puedo hacer marcha atrás, ni envolverme de un inculpamiento que no resuelve nada. Solo puedo actuar desde el ahora y redireccionar mis actos.

Esas notas de las que hablo tenían que ver con las emociones y hacían referencia, en primer lugar, a una editorial leída en el blog "Los caminos de la felicidad" en la que se habla de los vampiros emocionales.
Como soy lenta en mis procesos mentales, a veces algo leído o escuchado un día, se queda varios días en mi mente dando vueltas porque me falta algo o algo me chirría. Suele quedarse ahí hasta que doy con aquello que se ha empeñado en quedarse junto a mí hasta que lo veo bien.
Lo que me quedaba por observar de ese artículo era algo que le faltaba. El autovampiro; es decir, el que se destruye a sí mismo una y otra vez y se alimenta de esa misma sensación de tragedia que está viviendo.

Esto es bastante duro, el lenguaje resulta muy crítico y no me gusta. Entre otras cosas porque no lo planteo desde la censura, sino de la observación.
Estas emociones las he experimentado yo misma y, por supuesto, en ese momento ni me enteraba de que lo estaba haciendo.

Las emociones negativas tienen algo adictivo. La tristeza, la depresión, la sensación de caos permanente, de indefensión, de ser víctima de algo externo, son en definitiva emociones intensas y, su ausencia puede producirnos la sensación de vacío, de insensibilidad, de a-sentimiento (es decir, incapacidad de sentir). En vez de darnos cuenta de que estamos en el camino de la reestructuración mental y espiritual, nos quedamos con la falsa percepción de que algo anda mal, porque no estamos bien. Y no es que estemos mal, es que nos estamos liberando de cargas negativas que estaban impactando en nuestra vida dañinamente.

Lo que no tenemos en cuenta tampoco es que aún permanece en nosotros una parte, arcaica, dominante, sometedora, que se da cuenta de la transformación que pretendemos y boicotea nuestro propósito recordándonos lo intenso que es el dramatismo, lo vívida que es la tristeza. Y empezamos a fabricar todo eso que propicie esos estados de ánimo.
Nuestro grado de inconsciencia, nuestra falta de serenidad, la más que demoledora sensación de vértigo emocional, hacen imposible la observación libre de apasionamiento dramático y nosotros mismos, en ese estado, cerramos más el círculo que nos impide salir de ese estado.
Ser adicto a las emociones negativas es sentirse mal y no hacer nada para cambiar ese estado (desde las simples actividades de distracción hasta meditaciones, reflexiones, expresiones u oraciones) ; es favorecer su presión mirando una y otra vez ese malestar y hacerlo más grande con esa mirada (llamado de otra forma: regodeamiento en el drama personal) ; es aceptar el pensamiento de que tendríamos que estar de puta madre si todo está bien y que si no estamos así, es porque todo anda mal (Ese estado teoricamente perfecto suele ser tan irreal como el dramático); ser adicto a las emociones negativas es llegar a estar tan sometido a ellas que cuando no llegan desde lo externo, se empiezan a  fabricar desde dentro.

El dramatismo auto destructivo tiene un riesgo que es estimulante (como todo lo arriesgado) y que se basa, de forma inconsciente, en ver hasta donde se puede llegar, cuanto se puede sentir, qué efectos tiene, y hasta donde de profundo llega el pozo que cavamos.

Se de qué hablo. Durante algún tiempo fue mi desayuno, mi comida, mi cena y mi resopón. Todo era trágico en mi vida; las emociones intensas, los problemas graves, los sueños frustrantes, los deseos inalcanzables, la alegría efímera y el amor tormentoso.
Cuando empezó a asentarse mi cuerpo emocional, sentí un gran vacío; llegué a pensar que era incapaz de amar, sentir, reír, vivir .... porque ya ni siquiera lloraba. Cuando mejor me sentía era cuando alguna emoción provocaba mi tristeza o mi llanto. "¡Dios -me decía entonces- aún puedo sentir!" y eso me reconfortaba y me animaba. Solo durante un breve tiempo, claro, porque en cuanto pasaban unos días volvía a caer en la misma rutina.
Confundía mi llanto triste, mi decaimiento, con intensidad, con sentimiento; así que cuando no estaba en ese estado doliente me castigaba a mí misma por ser asentimental; me torturaba la idea de ser alguien insensible, egoísta, cómoda y volvía a buscar desesperadamente ese estado de trágica vivencia para recuperar el mejor concepto de mí misma.

¿Lo he superado? A grandes rasgos sí, pero aún hay veces que me descubro regodeandome en algún decaimiento; pensando que cuando estoy triste soy más intensa o echando de menos emociones profundas, aunque sean dañinas. Gracias a Dios (literalmente) de lo que sí soy consciente es de esos momentos y de que no quiero volver a vivir bajo esa dependencia emocional negativa. Entre otras cosas porque he comprobado cuanto más sencilla es la vida y cuan facilmente se camina si no se hace arrastrando un pesado baúl lleno de trastos inútiles.

Besos a todos. Sobre todo a quien solo ha leído un breve sms en el que se sintetizaba todo esto de manera ruda.

Divertirse

Ayer vi un documental en la 2 de Origami, ese extraordinario arte a través del papel.
Ni qué decir que me quedé flipando con lo que vi, porque todo parece imposible que salga de una lámina de papel.
Aparte de este asombro, me llamó algo la atención, algo que dijo uno de los entrevistados, un chico que entró en la universidad a los doce años ( ¡¡¡¡¡ ), un científico que hace del origami un autentico proceso físico/matemático.
Recomiendo ese documental encarecidamente.
El caso es que a la pregunta del entrevistador sobre qué es lo que hace que se levante cada día y se ponga a trabajar en esto, él respondió llanamente "Que me divierte. Como todo lo que hago. me divierte origami, comedia de improvisación, matemáticas... todo lo que hago me divierte, si no, no lo haría".
Divertirse es un concepto que parece que lo tenemos acotado para los momentos de distensión, las reuniones sociales, algunos hobys ... y que no es algo que seamos capaces de llevar a otros ámbitos de la vida.
Divertirse en la vida no es el ji ji jaja, es DISFRUTAR de lo que estás sintiendo en ese momento, es destrascendentalizarlo (Menuda palabra me acabo de inventar) o, lo que es lo mismo, desprender a lo que hacemos de seriedad (que no es falta de implicación) desdramatizar nuestra actividad, sea la que sea, para acometerla con más ilusión.
Dicen que lo más maravillosos es trabajar en lo que te gusta; los ingleses dicen que no hay que y trabajar en lo que te gusta, sino hacer que te guste en lo que trabajas. A veces no se puede hacer ni una cosa ni otra, pero, por suerte, queda una tercera opción: Insistir hasta encontrar aquello en lo que puedes disfrutar, moverse para no aceptar lo que se tiene y resulta amargo: buscar nuevas opciones.
Y me doy cuenta que todos estos verbos son activos, implican una actividad que no está exenta de riesgos, pero que como todo lo que vale la pena, el resultado es proporcional al esfuerzo realizado.
Hay demasiadas caras serias por el mundo; demasiados gestos graves que parecen necesitar hacer ver que lo que se hace es muy importante; como si estar disfrutando de algo, estar deseando hacerlo, divertirse mientras se hace, desprestigiara la tarea realizada y a su realizador.
Mea culpa. Hay muchas cosas que he hecho que se me han convertido en tediosas y me han llegado a abrumar desde el momento en que las he conceptuado como algo importante, trascendente, que requería una seriedad y una actitud que lo único que han hecho ha sido convertirlas en una losa que me ha aplastado.
Y, lo peor de todo, ha sido la presión de la responsabilidad. No es de extrañar que hayamos creado una sociedad de amargados, resentidos, insatisfechos, frustrados e insatisfechos, si lo primero que hacemos es inculcarnos que responsabilidad es sinónimo de tensión, stress, sometimiento, disciplina y que lo primero de todo es conseguir un trabajo, que cuanto más prestigio nos dé es mejor y que disfrutar haciéndolo es lo que menos importa.
Por eso se inventaron los hobys; esos que apenas se tiene tiempo de realizar y que solo nos permiten, en el mejor de los casos, escapar de nuestra mediocridad un ratito.
¿No sería mejor que aplicáramos el esfuerzo en hacer de toda nuestra vida un hoby?

Parece que el quid de la cuestión, lo que puede hacer que todo cambie, es darse cuenta que el dramatismo surge cuando se está pensando en el resultado de cuanto hacemos, no en lo que se está haciendo en ese momento. DISFRUTAR, es, por supuesto, vivir el momento, ser consciente del momento, del único instante del que se es dueño. Y, si no se está sintiendo así, deberíamos preguntarnos ¿Qué estoy haciendo con mi vida?

Siguiendo el Camino

En octubre pasado hice el Camino de Santiago y aún hoy, al observarlo, sigo descubriendo y aprendiendo cosas.
Hoy mismo pensaba en él y en que, en cierto modo, es una aventura cómoda porque mientras lo sigas, tienes asegurado el cobijo nocturno y bastantes comodidades.
Pero ese es el quid de la cuestión: mientras lo sigas.
El cansancio no es escusa para permanecer en los albergues de bajo coste (insignia del verdadero aventurero); incluso puedes pernoctar sin pagar nada en algunos, pero has de estar dispuesto a continuar el camino a la mañana siguiente. Solo puedes quedarte más tiempo si hay alguna lesión que lo indique necesario, pero hasta en esos casos he visto que hacer caso de las prescripciones médicas que recomiendan reposo suele conseguir que se acabe abandonando; mientras que los que hacen caso omiso de esa indicación suelen ver como acaban desapareciendo las molestias sin dejar de caminar.
Lo que me hace pensar todo esto es la cantidad de cosas en la vida que son así también.

Es como si la vida estuviera dispuesta a proporcionarte lo que necesitas si estás dispuesto a no detenerte, a no buscar el confort o la seguridad, a enfrentar cada día como un reto, una aventura, un estímulo. No puedes detenerte, no puedes paralizar el tiempo por muy agradable que sea, por muy bonito que sea el momento o por muy desagradables que sean las circunstancias que vives. Siempre hay un mañana detrás de cada día y hay que estar dispuesto a seguir hacia ese mañana.

Es como con algunos proyectos que se acometen. A veces las fuerzas fallan, a veces te planteas abandonar, a veces deseas quedarte en un punto determinado antes que arriesgar nada más. Pero no es así como se consigue avanzar.

Lo más hermoso del Camino no fue llegar al final, sino recorrerlo día a día y descubrir cuanto encontré en él.
Al final, ese aparente final no fue más que una nueva ilusión de volver a empezar, de recorrerlo una vez más, de seguir descubriendo, porque cada día, era un día nuevo.

El padre

Durante algunos años odié a mi padre. El verbo puede parecer duro en exceso, pero es cierto que llegué a ese extremo. Odiaba todo lo que no me gustaba de él y eran muchas cosas.
Durante una etapa de su vida, parece que puso bastante interés en ratificar esa sensación, pero hoy, muchos años después, me pregunto si entre todos no favorecimos ese estado de desarraigo por su parte.
Tardé mucho en comprender que estaba mirándolo a través de los ojos de mi madre y más aún en comprender que solo lo hacia a través de la mirada negativa de ella, de sus reproches, de su personal relación marital con él; pero ni siquiera de su verdad completa, de todo lo que ella sentía por él y que solo expresaba y manifestaba en lo negativo pero no en lo positivo.
Cuando empecé a contemplarlo a través de mi propia mirada descubrí a un hombre muy diferente; un hombre lleno de una ternura inmensa que no había podido o sabido expresar abiertamente y que quizá por eso parecía caprichoso, altanero y distante con su familia.
Recuerdo un día, cerca de sus últimos días, en el salón de su casa. Él estaba sentado en un sillón viendo la tele y yo estaba a su lado. De pronto sentí la necesidad de su contacto, de su ternura y de la mía y me recosté sobre su hombro y le di un beso en la mejilla. Él me miró y sonrió. No dijimos nada; ni él ni yo, pero fue muy reconfortante. Como si en ese sencillo acto espontáneo hubieramos intercambiado todos aquellos otros que no se produjeron.
Poco tiempo después dejó este mundo; su alma voló hacia espacios más libres y se desprendió de toda la oscuridad que le había envuelto.
A medida que fue pasando el tiempo, su recuerdo me hacía comprender más y más el inmenso tesoro que había en su alma y que no supimos disfrutar y compartir. Yy la verdad más importante.
Odiando lo que no me gustaba de él, me perdí todo lo que tanto me habría gustado si hubiera sido capaz de ver.
 Tras su partida, también la actitud de mi madre cambió y todos los reproches que tantas veces habíamos escuchado se convirtieron en una alabanza constante de las virtudes de mi padre. Ahora hay veces que me da ganas de preguntarle: Si tan bueno era ¿por qué no nos hiciste llegar esa impresión en vez de la opuesta?
Pero no lo hago porque eso le causaría un daño innecesario y porque quizá es la única forma que tiene de expresar el amor que le tenía y ella misma no supo expresar y transmitir. Quizá se descargaba de su personal frustración haciéndonos partícipes a nosotras. Los hijos suelen ponerse al lado del progenitor que parece más débil o perjudicado en la relación. Cuando se es pequeño no se tiene la capacidad de construir un criterio personal y objetivo y eso desvirtúa la realidad.
La relación de pareja es algo complicado en la que se entrremezclan muchas experiencias que solo la misma pareja sabe de donde provienen (a veces ni siquiera los miembros de la pareja lo saben con certeza) pero a los ojos de los hijos solo se ven las expresiones de esa relación, no el sustrato profundo que la sustenta.

Ahora amo a mi padre y su recuerdo es dulce a pesar de que me apena no haberle abrazado más veces, no haber compartido con él muchas más cosas de las que compartí. Sé que en el lugar en el que él está, la verdad es limpia y no entiende de reproches.
Y amo a mi madre. A pesar de lo que no me guste de ella. Y no dejo que eso enturbie mi cariño.
Pero lo visto y aprendido a través de mis padres sigo viéndolo muchas veces, a mi alrededor, en muchas familias. Cuando eso sucede no puedo evitar que me embargue una amarga tristeza. En esos casos me gustaría decirles,  a los hijos principalmente, que no miren a su madre o a su padre a través de la mirada del otro; que no tomen partido ante conflictos que solo los padres pueden resolver o deberían haber resuelto, porque son solo suyos. Son sus frustraciones, sus decepciones, sus propios fracasos personales, los que alimentan los reproches tantas veces escuchados. En eso caso, cuando se da voz a ese rencor escondido, lo que se debería hacer es quitar leña al fuego, dar a entender que no se va a tomar partido, porque el amor de hijo es capaz de amar a ambos a la vez, sean cuales sean sus diferencias.

La conclución de esta reflexión es doble y simple.
Juzgamos con excesiva facilidad, muchas veces basándonnos en la experiencia de terrceros y no en la propia y somos muy inconscientes de la repercusión de nuestras opiniones y actitudes; sobre todo en lo que afecta a las frágiles mentes de los hijos cuando lo que más escuchan son reproches y desprecio.
El aprendizaje es que las parejas deberíamos aprender a resolver nuestros problemas de caracter sin dejar que trasciendan a los hijos, sin buscar partidarios en ellos como si su aquiescencia justificara nuestra actitud. En realidad hasta casi parece que el que busca aliados emocionales es alguien que, en su fuero interno, allá donde la verdad es profunda y clara, oye una voz que le reprocha su actitud. La única forma de acallarla es rodearse de otras voces que expresan sus mismas palabras.
Y para los hijos. Para que, aún cuando sea en el discurrir de los años, tomemos algo de distancia en sus influencias emotivas,  para no sentenciar a uno u otro en base a sus pronunciamientos, porque puede que el que más esté sufriendo, sea el que menos lo expresa. Sea el que sea.

En honor al principio

El pensamiento a través del cual nació este blog fue que quería mostrar, compartir, no el resultado de mi aprendizaje, sino el propio proceso; no las conclusiones, sino las mismas reflexiones.
Me he acordado de esto porque he estado a punto de no hacerlo ahora; alguna circunstancia del día sigue colgada en mi personal pizarra interna de observación y al pensar en ella he tenido unos minutos controvertidos: Voy a desmenuzarla y luego la paso al blog - a lo mejor no vale la pena ni que la comente - si resulta interesante puedo copiarla luego - hasta que ha llegado el recordatorio de la idea inicial, así que... ¡ en vivo y en directo !

Paseaba por el río con Sally, bastante ensimismada hacia dentro; he dejado a un lado el camino asfaltado y hemos caminado por el césped y los caminos de tierra en cierto modo para separarme de ciclistas, corredores y grupos variados y permanecer en ese ensimismamiento que tanto fluye cuando paseo, cuando camino sin más (A veces creo que mi mente funciona en relación directa  a lo que lo hacen mis piernas
Una mirada distraida ha recogido la imagen de una chica joven que estaba entre unos árboles, en una zona muy poco transitada, haciendo ejercicios con un aro. La fugaz observación me ha dicho: Está ensayando para alguna exhibición. Debería ensayar también la experiencia del público.
Ahí ha quedado la observación, pero ...bueno, hay algunas observaciones fugaces e imprevistas que tienen un matiz especial que me hace saber que eso que he visto y pensado es para ser mirado y observado.
Y lo primero observado ha sido qué tenía de especial ese suceso como para que mereciera la observación detenida, pero no me ha hecho falta mucho tiempo para darme cuenta. Eso, precisamente eso, es lo que yo estoy haciendo; hacer algo que va dirigido a un público, sin público; tanteo mi capacidad de expresión ante un público con la vaga esperanza de que, fortuitamente, aparezca alguien o alguien pase por delante de este jardín por casualidad; pero no arriesgo nada, no invito a nadie a que pase por aquí, a que comparta mis intentos, mis errores, mis avances, que pruebe a mover el aro si le apetece...que me ayude a avanzar, a perfeccionarme, a mejorar.

Bien; comprendo el mensaje y voy a actuar en consecuencia invitando a amigos y familiares pero se me ha quedado una pregunta en el aire. ¿Por qué he hecho esto? ¿Por qué me protejo y de qué?

La respuesta la tenía cerca, enfrente de casa para ser más exacta (como casi siempre, todo está mucho más cerca de lo que creemos) 
Vivo cerca del Mestalla, el estadio de fútbol y hoy había partido Valencia-Madrid.Las goleadas son fáciles de seguir desde casa; el estruendo de los gritos de gol se encargan de que no me pierda ni uno y hoy han habido a porrillo; lo que no sabia, eso sí, es quien los marcaba.
Bajo a la calle para ir a comprar y veo que ya están saliendo del campo ¡pero hay gente que sigue en el campo porque el partido no ha terminado! ???? 
Una conversación entre dos hombres me ha explicado eso. Madrid 6 - Valencia 3.
Vaya, parece que la afición se siente decepcionada. El que más y el que menos no hace más que decir pestes del equipo. ¿Para qué quedarse hasta el final si ya no es posible que remonte?.
Y vuelve a aparecer el pensamiento fugaz y espontáneo que me alerta de que profundice en eso Si no ganan, no interesa.

Queremos sentirnos ganadores, triunfadores, dioses del éxito; el esfuerzo personal no es motivador, el aliento se le niega al que fracasa repetidamente -no importa que tras una larga serie de fracasos se pudiera lograr el éxito- Nos acercamos al triunfador y abandonamos al perdedor. Y no me vale contemplar la premisa de que para el dinero que ganan los futbolistas es vergonzoso que jueguen mal (deberíamos recordar que solo se paga lo que se quiere pagar) no estoy haciendo una crítica deportiva sino aprovechando una circunstancia para aprender algo, para crecer, evolucionar, tantear...
Y comprendo ese por qué de antes; el que puede que actuara como detonante del aislamiento de la chica del jardín; el que motivó que escriba en mis blogs y no se lo cuente a nadie. Vergüenza; miedo a decepcionar-nos.

Hemos desarrollado nuestra personalidad en una sociedad que alaba constantemente el éxito, la originalidad, la distinción, el destacar, la superioridad. Una sociedad que se aparta del que fracasa, que no sabe acompañar sin juzgar; una sociedad en la que no caminamos unos juntos a otros y todos a la vez, sino construyendo metas, intentando llegar los primeros, mirando hacia atrás para ver a cuantos hemos adelantado ya; aplaudiendo al que más corre, al que más goles mete, al que más salta, al más veloz, al que saca mejores notas y, todo esto, desde la observación. Somos tan críticos con los demás que damos por hecho que lo van a ser con nosotros; nos miramos y no vemos excelencia en cuanto hacemos, así que, aunque nos apasione, aunque estemos deseando que alguien se asome y simplemente disfrute de nuestros pasos, nuestros intentos y todo lo demás ... elegimos escondernos, semi ocultarnos, para mostrarnos cuando ya lo hayamos perfeccionado. Ya hemos caído en la trampa; ya estamos esperando encontrar el éxito, el aplauso, el beneplácito y el reconocimiento y juzgando con la mirada de los demás nuestra excelencia.
¿Que hay de la excelencia del proceso, del esfuerzo del intento?

. Entonces ¿Qué quiero compartir? ¿Lo que soy? Pues esto es lo que soy ahora y, si hay que poner etiquetas, le pondría esta :EN PROCESO DE SER

Trama y desenlace

Hace unos días, mientras hacía cola en la caja del supermercado, oí una canción que me dejó colgada del estribillo.
Desde entonces se me ha ido repitiendo constantemente con mayor o menor asiduidad, pero no me ha abandonado y ha logrado hacerme pensar en lo que decía: "Amar la trama más que el desenlace...". No tengo ni idea de qué canción es esa, ni quien la canta. Fue una de esas veces en que oyes algo sin saber que lo estás oyendo.


Hoy también he vuelto a recordarla, pero hoy el pensamiento se ha definido más y se ha paseado por la expresión contraria obligándome a mirar las dos opciones hasta que me ha llevado a una conclusión: no estoy de acuerdo con esa expresión. Para mí, la expresión correcta sería amar tanto la trama como el desenlace.
Se me antojaba esa expresión como un viaje en el que la trama es el viaje mismo y el desenlace el destino al que nos dirigimos y me daba cuenta que no hay destino posible sin el viaje que se realiza, por tanto resulta bastante absurdo no ver con satisfacción ese viaje que permite llegar a donde nos proponemos.
Y, por otra parte, disfrutar del viaje es lo mejor que se puede hacer, pero siempre debe haber un destino al que llegar, aunque solo sea temporal que, además deberíamos ver con agrado y gratitud porque nos procura descanso y la posibilidad de reponer fuerzas cuando menos.
Proponerse visitar un país extranjero y no disfrutar de todo lo que encontremos y conozcamos en el camino es viajar a medias. Ser un apasionado de los viajes pero no tener un hogar al que llegar al final de cada viaje no es ser viajero, es solo como estar alejándose siempre de algo que nunca está lo bastante lejos porque el fin del viaje no es ir a algún lugar, sino no estar en ningún sitio.
Y, sin embargo, esto que parece tan obvio dicho así, es lo que hacemos con la vida.

Para algunos es un sufrimiento que solo alcanza su sentido tras la muerte; para otros no hay más sentido que el que se viva en cada momento; no hay destino final al que llegar, ni nada hacia lo que dirigirse. es un puro caminar en el que lo mejor que se puede hacer es disfrutar lo más posible.
Me pregunto ahora si el sin sentido no estará en ambas posturas; si amar una u otra opción no es quedarse a mitad de la vida, de todo lo que es.
Amar la vida, amar el presente constante que nace cada día apasionadamente, es en realidad la forma de construir la vida que sigue a la muerte: Y amar ese instante desconocido y real que conoceremos después no le resta valor a la vida ni ha de limitar su honroso goce y la placentera percepción de todas las experiencias que nos proporciona.
Una vida plena es amar la trama que la va conformando en sus múltiples facetas con la gozosa satisfacción de que no acaba en lo conocido, sino que sigue y se proyecta más allá de lo que ahora soy.

Vivir en sociedad

En la Polinesia conviven varias especies de delfines; tienen rasgos físicos distintos, costumbres diferentes, mientras unos prefieren las aguas más profundas del océano, otros viven cerca de las playas, en aguas superficiales. Pero todos tienen algo en común: saben que la verdadera supervivencia reside en la vida en grupo, y, lo maravilloso es que este concepto de vida está tan arraigado en todos que les hace acoger, integrar y proteger a cualquier individuo que haya quedado aislado de su grupo. Aunque sea de otra especie.
Por alguna razón, sé que este comentario no sorprendería a nadie porque vemos a los delfines como seres inteligentes, tiernos, afables.

Los murciélagos vampiro, esos otros animales tan repulsivos, que nos hacen estremecernos a la mayoría cuando los vemos colgando de grietas y techos de cuevas o árboles, amontonados y hacinados, oscuros, feos y que, por añadidura, tienen la asquerosa costumbre de alimentarse de sangre (Aunque sea de animales no nos causa menos repugnancia) jamás dejan que uno solo de sus congéneres muera de hambre por no haber sido capaz de encontrar alimento. Los más afortunados en su captura, comparten su alimento con los menos favorecidos, "vomitando" la sangre ingerida para compartirla con el que no encontró alimento. Dos o tres día sin comer representa la muerte para cualquiera de ellos.


Especies salvajes, no inteligentes, animales sin conciencia, sin alma, sin inteligencia. ¿¿¿¿ ??????


Los humanos, esa especie privilegiada, superior, que domina el orbe y se siente dueña y señora del futuro de todo el planeta, quemamos cosechas que han superado la producción regulada mientras miles de personas mueren de hambre cada día; arrojamos  a la basura toneladas de alimentos que han "caducado" porque alguien determinó que había que poner una fecha estándar que dice "no consumir" aunque esté en perfectas condiciones. ¡Que cosas! los que acuden a los contenedores de basura que hay cerca de los supermercados deben estar inmunizados a esas  caducidades porque ellos retiran de los contenedores lo que ha sido considerado no apto para el consumo. No es de extrañar que vayan mirando en los contenedores de las calles (en la ciudades en que los contenedores están en la calle, claro. En las otras ni siquiera pueden acceder a toda esa comida).

Pero somos la raza superior.


Y ¿qué puedo hacer yo? ¿Puedo de algún modo cambiar algo de todo esto que sucede a nivel mundial?


Sí; sí puedo. En lo que está a mi alcance, con aquellos que veo cada día y conmigo misma.
De entrada, quiero ejercer mi propio derecho y libertad a decidir si un alimento es apto para el consumo humano o no. me niego a aceptar que una fecha estandarizada sea la que me lo diga y tirar a la basura lo que pasa de ella ¿Qué pasa, ya no somos capaces de saber cuando un alimento se ha descompuesto y resulta peligroso ingerirlo?  ¿No será que cada vez nos estamos adocenando más, alejándonos más y más de nuestra capacidad de decidir por nosotros mismos? 
Dicen que esas fechas son para impedir que los establecimientos mantengan más tiempo del debido productos perecederos. Bueno, quizá fuera esa la intención pero la consecuencia ha sido que millones de hogares tiran a la basura comida que está en perfecto estado porque en la fecha de caducidad pone que ayer estaba bien, pero hoy ya no. 
Y mientras otros mueren de hambre. 

Y nos atrevemos a juzgar si merece una ayuda ese que se coloca todos los días a la puerta del supermercado; si usará nuestro dinero para comida, alcohol o drogas y, ante la duda, decidimos que no ayudamos. Aunque pueda estar pasando hambre.
¿Cómo nos juzgarán todos esos que mueren cada día de hambre sabiendo que nosotros tiramos la comida a la basura?


¿Y que puedo hacer yo? Cambiar mi consciencia, actuar por mi misma, con mi criterio, con mis decisiones, mis valoraciones, mis responsabilidades. Soy parte de la consciencia colectiva de este planeta y en la medida que yo cambie. algo estará cambiando en ella y, por ende, en el planeta. Qué importa que sea un grano de arena de un desierto. 
¡Me reivindico como un grano de arena consciente! 

¿Qué quieres ser tú?

Lo incómodo

Hablamos de la energía de las personas, de la fuerza de la mente, de lo que nuestro pensamiento puede hacer en los otros, de esa energía invisible y poderosa que todos tenemos y que casi nadie comprendemos su verdadera fuerza y nuestra verdadera responsabilidad en cuanto a su interacción con el entorno.
La conversación va bien, es fluida, interesante.Hasta que digo la palabra Dios.
Las miradas se vuelven incómodas, el conversador se revuelve en su asiento, los comentarios tratan de eludir un reproche directo aunque siguen encerrando la decepción sentida.
La magia del momento se ha perdido en un segundo; se ha abierto un foso enorme y una muralla inaccesible entre mi contertulio y yo.
Pero no es por mí. Es porque he hecho mención de algo que es rechazado de plano y si es así es porque es desconocido.
Por desgracia para todos, conocemos a Dios a través de las religiones, no por experiencia personal y, por desgracia, no hay una sola religión que no parezca que ha hecho más por destruir a Dios que por darlo a conocer, porque sus actos han sido contradictorios a sus apologías y en el devenir de los siglos, los hombres hemos aprendido a cuestionar lo que no nos convence. Pero no lo suficiente, porque lo que hacemos es rechazar lo que nos ha parecido una estafa en vez de indagar en su posible veracidad a pesar de lo aparente.
Rechazar lo impuesto o establecido si no convence es bueno. Quedarse solo con el rechazo es quedarse a mitad camino.

Contradicciones

Decir: Hago yoga, mola. Decir: Voy a meditaciones, es interesante. Decir: Reiki, causará desconcierto en unos y por otro lado, acercará adeptos Si nombro conceptos como mantra, chacras, mandalas, ... me mirarán con escepticismo en algunos casos y con deseo de saber más en otros.
Pero si digo que rezo el Rosario, que dirijo mi pensamiento, mis dudas, mis tribulaciones, mis anhelos y más a Dios en su concepto total y a María y Jesús como referencias en lo humano de lo que el hombre es en lo divino y dios es en el hombre, me etiquetaran de beata, de ser del Opus, de los Kikos, de los Testigos de Jehová o de cualquier otra facción eclesiástica.
Y si digo que todo es parte de los mismo, que pinto mandalas, canto mantras, hago meditaciones, me ocupo de la actividad de mis chacras, tomo flores de Bach, rezo el Rosario con asiduidad, leo Biblia, Corán y todo lo que llegue a mis manos  y me haga sentir que es parte del camino, dirán que no sé lo que quiero, que no se puede ser fiel a nada cuando se sirve a tantas cosas distintas y algunas cosas más.
Y, en todos esos casos, los precursores de la Nueva era verán con buenos ojos lo que a los más tradicionales les parecerá pecaminoso o irreverente, e incluso contrario a doctrina. Y estos últimos estarán encantados de mi apología del Rosario y de las referencias a Jesús y María , mientras que otros verán todo eso como algo obsoleto, mecánico, rutinario y esquematizado dentro de una estructura eclesiástica caduca y decadente.


Y nadie tiene razón aunque todos estén en lo cierto. pero sobre todo, y por lo que ahora me he inclinado a hablar de esto, es para reivindicar el valor de la oración del Rosario que si ha sido tan denostada ha sido por la forma en que se ha propagado, por la forma en que se reza y por la poca información veraz que se tiene respecto a lo que es, representa y significa.
Y esto solo es un apunte impetuoso de una reflexión más intensa que ahora no estoy en condiciones de hacer pero que, llegado el momento, retomaré.

La experiencia de Dios

He llegado  a la personal conclusión de que todos los textos que recogen los grandes Libros de las grandes religiones son, básicamente, el relato de la experiencia personal de algunas personas con Dios.
Instructiva y edificante en algunas ocasiones, se vuelve confusa y perturbadora en otras y eso solo puede ser por el propio estado del receptor de ese encuentro/experiencia.
Lo que me preocupa de esta conclusión es lo que veo más allá de ella. Los libros sagrados están cerrados; en algún momento de la historia pareció decidirse que ya no iban a haber más encuentros con Dios, que ya estaba todo dicho y que eso era suficiente. ¿Suficiente? ¿Para quien? ¿Quien determina lo que Dios va a hacer/decir  o dejar de hacer/decir?
El resultado de esa decisión es que toda percepción de ese encuentro interior, de ese posible diálogo directo y personal, se descarta, se deshecha, se niega y se ve como imposible.
Oh, claro, solo seres como Jesucristo, Mahoma o Buda (por citar a los más identificables) pueden alcanzar esa comunicación y estar en condiciones de transmitirla.
Bueno quizá de transmitirla correctamente y sin interferencias personales sí, pero ¿recibirla? El problema que tenemos es que somos nosotros los que delimitamos los medios, la forma y el modo en que esa comunicación puede producirse y así, sin darnos cuenta, le estamos poniendo límites a Dios o, mejor dicho, estamos acotando y tamizando la forma, el modo y el medio por el que vamos a aceptar que "ESO" es Dios.
No nos vale ver que llega a nuestra vida una ayuda inesperada que nos salva de un aprieto; o que una percepción interior nos está haciendo saber (lo cual no significa que vayamos a hacerle caso) cual es la respuesta correcta ante algo; o que propiciar la actitud generosa hacia otros sea la forma en que Dios llega  a esos otros o que caiga en nuestras manos el conocimiento de algo nuevo que nos abre la mente y nos predispone hacia el crecimiento interior justo en el momento en que estamos preparados para recibirlo y entenderlo.
La mayor parte de las veces ni nos damos cuenta de que eso está sucediendo; otras lo etiquetamos de casualidad y casi ninguna llegamos a aceptar que esa es la forma en que Dios se está ocupando de acudir a esa permanente llamada  que hacemos y luego dejamos aparcada.
Sigue siendo mi conclusión personal que todas esas manifestaciones de Dios que tan confusas resultan al profundizar en ellas lo que son realmente es la transmisión de lo que los hombres que tuvieron un encuentro personal con Dios sintieron en sí mismos hacia el resto de los hombres.
La ira de Dios era su propia ira; los castigos de Dios eran aquellos castigos que ellos mismos infligirían a los hombres de su tiempo, la tristeza de Dios era la que ellos mismos sentían porque en su amor hacia Dios les dolía ver el desamor de sus congéneres.
 Observar la experiencia de otros debería ser una referencia. un rstímulo para llegar a alcanzar la propia; no un anclaje que nos incapacita para navegar hacia el conocimiento de Dios.

Y seguramente todas estas impresiones sean falsas y sean verdaderas, porque percibo a Dios a través de mi convulsión interior y no le permito dejarse sentir en el medio, forma y manera que estime más adecuado para mí y ante cualquier percepción de Él, me digo: "Esto no puede estar pasándome a mí; hay que ver la fantasía que tengo"
Pero quizá, solo quizá, también la fantasía sea lenguaje de Dios.

"¡Vamos! ¡Atrévete! ¡Estoy contigo, en ti; y tú conmigo, en Mí!. Deja volar tu imaginación"

Una

A Una le gustaría que, cuando se analiza o se somete a algún estudio de personalidad, el resultado fuera altamente satisfactorio; de esos que le hacen creer que todo va bien, que sigue el camino de la iluminación, ¡vamos, que empieza a rozarla! Pero va y ve que no es así, que el resultado de esos análisis o estudios lo que le revelan es un: ¡Anda que no te queda! y Una se deprime, le parece que sigue estando en el interior de un pozo muy profundo y que no ha adelantado nada, que sigue estando tan oscuras como cuando empezó a recorrer este camino y se desespera, le entran ganas de hacerlo saltar todo por los aires, de regresar al cubículo conocido y abandonar todo intento de transformarse en algo mejor.
Pero Una no toma decisiones precipitadas, deja que pase el efecto que el conocimiento de la verdad interior le causó, deja (y no por sabiduría, sino por puro instinto) que se aposente el revuelo que se formó y deja que el tiempo le muestre la verdadera lección. 
Una se da cuenta que sí avanzó mucho, que le queda un largo camino para recorrer, pero que ha caminado un largo trecho en el que fue deshaciendo muchos enredos, pasando el trapo casi a diario al cristal a través del cual contempla el alma y que si ha descubierto nuevas tareas no es porque lo hecho no haya servido para nada, sino que es ahora cuando se muestran porque es ahora cuando puede verlas; porque estaban muy adentro y no podrían haber sido vistas si no hubiera quitado todas esas capas de polvo antiguo que lo cubrían distorsionando la verdad.
Sí, Una tiene un enorme miedo al fracaso y eso suele paralizarla antes de intentar algo siquiera; Una siente necesidad de ser amada y tiene que aprender a no reclamar angustiosamente el amor, sino dejarlo llegar (si es su voluntad llegar). Una ve a otros que, aparentemente, caminan  por detrás de ella y no comprende por qué aprovechan sus sugerencias, su propia experiencia, para avanzar ellos mismos; Una tiene que ser tolerante y paciente con los pasos de otros; porque es su propio camino el que siguen y quizá tenga que ser así y porque, nadie le apuede asegurar que no vayan por delante de ella pocos pasos más adelante. Una desearía ser un dechado de virtudes, desearía estar en los límites humanos de la perfección, pero Una sabe que está muy lejos de eso y tiene que aprender a no sentirse mal consigo misma por no ser perfecta. Una está dispuesta a trabajar y confía en que, como siempre ha sido, siempre aparece algo en el camino que le avisa de errores y le da la opción de rectificarlos; y le alienta por los aciertos comunicándole nuevos pasos que avanzarán en el despertar de su conciencia. 
Aunque esos nuevos pasos sean mostrarle algunas cosas más en las que hay que seguir trabajando.