El autovampirismo

Esta mañana he escrito unas notas sobre un pensamiento. Mal hecho. no el haberlas escrito, sino no haberlo hecho aquí.
Si lo hubiera hecho aquí, quizá una persona lo hubiera leído y habría entendido el mensaje de una forma más suave a como le ha llegado luego. Si lo hubiera hecho aquí habría seguido mi instinto y, lo más seguro, habría tenido el fin adecuado.
No puedo hacer marcha atrás, ni envolverme de un inculpamiento que no resuelve nada. Solo puedo actuar desde el ahora y redireccionar mis actos.

Esas notas de las que hablo tenían que ver con las emociones y hacían referencia, en primer lugar, a una editorial leída en el blog "Los caminos de la felicidad" en la que se habla de los vampiros emocionales.
Como soy lenta en mis procesos mentales, a veces algo leído o escuchado un día, se queda varios días en mi mente dando vueltas porque me falta algo o algo me chirría. Suele quedarse ahí hasta que doy con aquello que se ha empeñado en quedarse junto a mí hasta que lo veo bien.
Lo que me quedaba por observar de ese artículo era algo que le faltaba. El autovampiro; es decir, el que se destruye a sí mismo una y otra vez y se alimenta de esa misma sensación de tragedia que está viviendo.

Esto es bastante duro, el lenguaje resulta muy crítico y no me gusta. Entre otras cosas porque no lo planteo desde la censura, sino de la observación.
Estas emociones las he experimentado yo misma y, por supuesto, en ese momento ni me enteraba de que lo estaba haciendo.

Las emociones negativas tienen algo adictivo. La tristeza, la depresión, la sensación de caos permanente, de indefensión, de ser víctima de algo externo, son en definitiva emociones intensas y, su ausencia puede producirnos la sensación de vacío, de insensibilidad, de a-sentimiento (es decir, incapacidad de sentir). En vez de darnos cuenta de que estamos en el camino de la reestructuración mental y espiritual, nos quedamos con la falsa percepción de que algo anda mal, porque no estamos bien. Y no es que estemos mal, es que nos estamos liberando de cargas negativas que estaban impactando en nuestra vida dañinamente.

Lo que no tenemos en cuenta tampoco es que aún permanece en nosotros una parte, arcaica, dominante, sometedora, que se da cuenta de la transformación que pretendemos y boicotea nuestro propósito recordándonos lo intenso que es el dramatismo, lo vívida que es la tristeza. Y empezamos a fabricar todo eso que propicie esos estados de ánimo.
Nuestro grado de inconsciencia, nuestra falta de serenidad, la más que demoledora sensación de vértigo emocional, hacen imposible la observación libre de apasionamiento dramático y nosotros mismos, en ese estado, cerramos más el círculo que nos impide salir de ese estado.
Ser adicto a las emociones negativas es sentirse mal y no hacer nada para cambiar ese estado (desde las simples actividades de distracción hasta meditaciones, reflexiones, expresiones u oraciones) ; es favorecer su presión mirando una y otra vez ese malestar y hacerlo más grande con esa mirada (llamado de otra forma: regodeamiento en el drama personal) ; es aceptar el pensamiento de que tendríamos que estar de puta madre si todo está bien y que si no estamos así, es porque todo anda mal (Ese estado teoricamente perfecto suele ser tan irreal como el dramático); ser adicto a las emociones negativas es llegar a estar tan sometido a ellas que cuando no llegan desde lo externo, se empiezan a  fabricar desde dentro.

El dramatismo auto destructivo tiene un riesgo que es estimulante (como todo lo arriesgado) y que se basa, de forma inconsciente, en ver hasta donde se puede llegar, cuanto se puede sentir, qué efectos tiene, y hasta donde de profundo llega el pozo que cavamos.

Se de qué hablo. Durante algún tiempo fue mi desayuno, mi comida, mi cena y mi resopón. Todo era trágico en mi vida; las emociones intensas, los problemas graves, los sueños frustrantes, los deseos inalcanzables, la alegría efímera y el amor tormentoso.
Cuando empezó a asentarse mi cuerpo emocional, sentí un gran vacío; llegué a pensar que era incapaz de amar, sentir, reír, vivir .... porque ya ni siquiera lloraba. Cuando mejor me sentía era cuando alguna emoción provocaba mi tristeza o mi llanto. "¡Dios -me decía entonces- aún puedo sentir!" y eso me reconfortaba y me animaba. Solo durante un breve tiempo, claro, porque en cuanto pasaban unos días volvía a caer en la misma rutina.
Confundía mi llanto triste, mi decaimiento, con intensidad, con sentimiento; así que cuando no estaba en ese estado doliente me castigaba a mí misma por ser asentimental; me torturaba la idea de ser alguien insensible, egoísta, cómoda y volvía a buscar desesperadamente ese estado de trágica vivencia para recuperar el mejor concepto de mí misma.

¿Lo he superado? A grandes rasgos sí, pero aún hay veces que me descubro regodeandome en algún decaimiento; pensando que cuando estoy triste soy más intensa o echando de menos emociones profundas, aunque sean dañinas. Gracias a Dios (literalmente) de lo que sí soy consciente es de esos momentos y de que no quiero volver a vivir bajo esa dependencia emocional negativa. Entre otras cosas porque he comprobado cuanto más sencilla es la vida y cuan facilmente se camina si no se hace arrastrando un pesado baúl lleno de trastos inútiles.

Besos a todos. Sobre todo a quien solo ha leído un breve sms en el que se sintetizaba todo esto de manera ruda.

Divertirse

Ayer vi un documental en la 2 de Origami, ese extraordinario arte a través del papel.
Ni qué decir que me quedé flipando con lo que vi, porque todo parece imposible que salga de una lámina de papel.
Aparte de este asombro, me llamó algo la atención, algo que dijo uno de los entrevistados, un chico que entró en la universidad a los doce años ( ¡¡¡¡¡ ), un científico que hace del origami un autentico proceso físico/matemático.
Recomiendo ese documental encarecidamente.
El caso es que a la pregunta del entrevistador sobre qué es lo que hace que se levante cada día y se ponga a trabajar en esto, él respondió llanamente "Que me divierte. Como todo lo que hago. me divierte origami, comedia de improvisación, matemáticas... todo lo que hago me divierte, si no, no lo haría".
Divertirse es un concepto que parece que lo tenemos acotado para los momentos de distensión, las reuniones sociales, algunos hobys ... y que no es algo que seamos capaces de llevar a otros ámbitos de la vida.
Divertirse en la vida no es el ji ji jaja, es DISFRUTAR de lo que estás sintiendo en ese momento, es destrascendentalizarlo (Menuda palabra me acabo de inventar) o, lo que es lo mismo, desprender a lo que hacemos de seriedad (que no es falta de implicación) desdramatizar nuestra actividad, sea la que sea, para acometerla con más ilusión.
Dicen que lo más maravillosos es trabajar en lo que te gusta; los ingleses dicen que no hay que y trabajar en lo que te gusta, sino hacer que te guste en lo que trabajas. A veces no se puede hacer ni una cosa ni otra, pero, por suerte, queda una tercera opción: Insistir hasta encontrar aquello en lo que puedes disfrutar, moverse para no aceptar lo que se tiene y resulta amargo: buscar nuevas opciones.
Y me doy cuenta que todos estos verbos son activos, implican una actividad que no está exenta de riesgos, pero que como todo lo que vale la pena, el resultado es proporcional al esfuerzo realizado.
Hay demasiadas caras serias por el mundo; demasiados gestos graves que parecen necesitar hacer ver que lo que se hace es muy importante; como si estar disfrutando de algo, estar deseando hacerlo, divertirse mientras se hace, desprestigiara la tarea realizada y a su realizador.
Mea culpa. Hay muchas cosas que he hecho que se me han convertido en tediosas y me han llegado a abrumar desde el momento en que las he conceptuado como algo importante, trascendente, que requería una seriedad y una actitud que lo único que han hecho ha sido convertirlas en una losa que me ha aplastado.
Y, lo peor de todo, ha sido la presión de la responsabilidad. No es de extrañar que hayamos creado una sociedad de amargados, resentidos, insatisfechos, frustrados e insatisfechos, si lo primero que hacemos es inculcarnos que responsabilidad es sinónimo de tensión, stress, sometimiento, disciplina y que lo primero de todo es conseguir un trabajo, que cuanto más prestigio nos dé es mejor y que disfrutar haciéndolo es lo que menos importa.
Por eso se inventaron los hobys; esos que apenas se tiene tiempo de realizar y que solo nos permiten, en el mejor de los casos, escapar de nuestra mediocridad un ratito.
¿No sería mejor que aplicáramos el esfuerzo en hacer de toda nuestra vida un hoby?

Parece que el quid de la cuestión, lo que puede hacer que todo cambie, es darse cuenta que el dramatismo surge cuando se está pensando en el resultado de cuanto hacemos, no en lo que se está haciendo en ese momento. DISFRUTAR, es, por supuesto, vivir el momento, ser consciente del momento, del único instante del que se es dueño. Y, si no se está sintiendo así, deberíamos preguntarnos ¿Qué estoy haciendo con mi vida?

Siguiendo el Camino

En octubre pasado hice el Camino de Santiago y aún hoy, al observarlo, sigo descubriendo y aprendiendo cosas.
Hoy mismo pensaba en él y en que, en cierto modo, es una aventura cómoda porque mientras lo sigas, tienes asegurado el cobijo nocturno y bastantes comodidades.
Pero ese es el quid de la cuestión: mientras lo sigas.
El cansancio no es escusa para permanecer en los albergues de bajo coste (insignia del verdadero aventurero); incluso puedes pernoctar sin pagar nada en algunos, pero has de estar dispuesto a continuar el camino a la mañana siguiente. Solo puedes quedarte más tiempo si hay alguna lesión que lo indique necesario, pero hasta en esos casos he visto que hacer caso de las prescripciones médicas que recomiendan reposo suele conseguir que se acabe abandonando; mientras que los que hacen caso omiso de esa indicación suelen ver como acaban desapareciendo las molestias sin dejar de caminar.
Lo que me hace pensar todo esto es la cantidad de cosas en la vida que son así también.

Es como si la vida estuviera dispuesta a proporcionarte lo que necesitas si estás dispuesto a no detenerte, a no buscar el confort o la seguridad, a enfrentar cada día como un reto, una aventura, un estímulo. No puedes detenerte, no puedes paralizar el tiempo por muy agradable que sea, por muy bonito que sea el momento o por muy desagradables que sean las circunstancias que vives. Siempre hay un mañana detrás de cada día y hay que estar dispuesto a seguir hacia ese mañana.

Es como con algunos proyectos que se acometen. A veces las fuerzas fallan, a veces te planteas abandonar, a veces deseas quedarte en un punto determinado antes que arriesgar nada más. Pero no es así como se consigue avanzar.

Lo más hermoso del Camino no fue llegar al final, sino recorrerlo día a día y descubrir cuanto encontré en él.
Al final, ese aparente final no fue más que una nueva ilusión de volver a empezar, de recorrerlo una vez más, de seguir descubriendo, porque cada día, era un día nuevo.

El padre

Durante algunos años odié a mi padre. El verbo puede parecer duro en exceso, pero es cierto que llegué a ese extremo. Odiaba todo lo que no me gustaba de él y eran muchas cosas.
Durante una etapa de su vida, parece que puso bastante interés en ratificar esa sensación, pero hoy, muchos años después, me pregunto si entre todos no favorecimos ese estado de desarraigo por su parte.
Tardé mucho en comprender que estaba mirándolo a través de los ojos de mi madre y más aún en comprender que solo lo hacia a través de la mirada negativa de ella, de sus reproches, de su personal relación marital con él; pero ni siquiera de su verdad completa, de todo lo que ella sentía por él y que solo expresaba y manifestaba en lo negativo pero no en lo positivo.
Cuando empecé a contemplarlo a través de mi propia mirada descubrí a un hombre muy diferente; un hombre lleno de una ternura inmensa que no había podido o sabido expresar abiertamente y que quizá por eso parecía caprichoso, altanero y distante con su familia.
Recuerdo un día, cerca de sus últimos días, en el salón de su casa. Él estaba sentado en un sillón viendo la tele y yo estaba a su lado. De pronto sentí la necesidad de su contacto, de su ternura y de la mía y me recosté sobre su hombro y le di un beso en la mejilla. Él me miró y sonrió. No dijimos nada; ni él ni yo, pero fue muy reconfortante. Como si en ese sencillo acto espontáneo hubieramos intercambiado todos aquellos otros que no se produjeron.
Poco tiempo después dejó este mundo; su alma voló hacia espacios más libres y se desprendió de toda la oscuridad que le había envuelto.
A medida que fue pasando el tiempo, su recuerdo me hacía comprender más y más el inmenso tesoro que había en su alma y que no supimos disfrutar y compartir. Yy la verdad más importante.
Odiando lo que no me gustaba de él, me perdí todo lo que tanto me habría gustado si hubiera sido capaz de ver.
 Tras su partida, también la actitud de mi madre cambió y todos los reproches que tantas veces habíamos escuchado se convirtieron en una alabanza constante de las virtudes de mi padre. Ahora hay veces que me da ganas de preguntarle: Si tan bueno era ¿por qué no nos hiciste llegar esa impresión en vez de la opuesta?
Pero no lo hago porque eso le causaría un daño innecesario y porque quizá es la única forma que tiene de expresar el amor que le tenía y ella misma no supo expresar y transmitir. Quizá se descargaba de su personal frustración haciéndonos partícipes a nosotras. Los hijos suelen ponerse al lado del progenitor que parece más débil o perjudicado en la relación. Cuando se es pequeño no se tiene la capacidad de construir un criterio personal y objetivo y eso desvirtúa la realidad.
La relación de pareja es algo complicado en la que se entrremezclan muchas experiencias que solo la misma pareja sabe de donde provienen (a veces ni siquiera los miembros de la pareja lo saben con certeza) pero a los ojos de los hijos solo se ven las expresiones de esa relación, no el sustrato profundo que la sustenta.

Ahora amo a mi padre y su recuerdo es dulce a pesar de que me apena no haberle abrazado más veces, no haber compartido con él muchas más cosas de las que compartí. Sé que en el lugar en el que él está, la verdad es limpia y no entiende de reproches.
Y amo a mi madre. A pesar de lo que no me guste de ella. Y no dejo que eso enturbie mi cariño.
Pero lo visto y aprendido a través de mis padres sigo viéndolo muchas veces, a mi alrededor, en muchas familias. Cuando eso sucede no puedo evitar que me embargue una amarga tristeza. En esos casos me gustaría decirles,  a los hijos principalmente, que no miren a su madre o a su padre a través de la mirada del otro; que no tomen partido ante conflictos que solo los padres pueden resolver o deberían haber resuelto, porque son solo suyos. Son sus frustraciones, sus decepciones, sus propios fracasos personales, los que alimentan los reproches tantas veces escuchados. En eso caso, cuando se da voz a ese rencor escondido, lo que se debería hacer es quitar leña al fuego, dar a entender que no se va a tomar partido, porque el amor de hijo es capaz de amar a ambos a la vez, sean cuales sean sus diferencias.

La conclución de esta reflexión es doble y simple.
Juzgamos con excesiva facilidad, muchas veces basándonnos en la experiencia de terrceros y no en la propia y somos muy inconscientes de la repercusión de nuestras opiniones y actitudes; sobre todo en lo que afecta a las frágiles mentes de los hijos cuando lo que más escuchan son reproches y desprecio.
El aprendizaje es que las parejas deberíamos aprender a resolver nuestros problemas de caracter sin dejar que trasciendan a los hijos, sin buscar partidarios en ellos como si su aquiescencia justificara nuestra actitud. En realidad hasta casi parece que el que busca aliados emocionales es alguien que, en su fuero interno, allá donde la verdad es profunda y clara, oye una voz que le reprocha su actitud. La única forma de acallarla es rodearse de otras voces que expresan sus mismas palabras.
Y para los hijos. Para que, aún cuando sea en el discurrir de los años, tomemos algo de distancia en sus influencias emotivas,  para no sentenciar a uno u otro en base a sus pronunciamientos, porque puede que el que más esté sufriendo, sea el que menos lo expresa. Sea el que sea.