A saltos

Me propongo hacer algo y acabo haciendo otra cosa que aparece por medio. La intención me lleva hacia algo para luego hacerme descubrir que lo que realmente debía hacer era otra cosa en la que no había pensado. Suele sucederme. Hoy me ha sucedido otra vez.
Me disponía a leer algunas notas escritas a mano que tengo bastante dispersas, con la intención de seleccionarlas y ordenarlas. Abro un archivo para seguir escribiendo en él y encuentro unas notas que hace tiempo escribí.
Decido transcribirlas aquí porque, aunque en un principio nacieron como la expresión de mi más íntimo pensamiento, parecen estar escritas para ser compartidas.
Las expongo y, en definitiva, asumo el riesgo de la opinión que el lector pueda formarse. 
Pero ¡la verdadera vida es riesgo!


Debo tener un agujero en algún lugar de mi mente. Un agujero por donde los buenos propósitos se cuelan y desaparecen.
¿Qué pasa con ese agujero? Al final del día de muchos días, parezco comprender algunas cosas que antes estaban confusas; al día siguiente los conceptos claros han desparecido, como si lo hubiera olvidado todo. De hecho es así. Los he olvidado; no se han fijado en mi mente. Dicen que cuando algo está muy lleno no se puede poner nada más. Es obvio.
Aunque ese más que se pretende incluir sea de vital importancia, si está lleno no cabe.
Esto me hace recordar una película que vi en la que la protagonista tiene amnesia diaria. Cada día despertaba sin recordar anda y tenía que volver a recuperar todos sus recuerdos; solo que esa recuperación solo le valía para ese día. Al día siguiente volvía el vacío de memoria. El final de la película presentaba un ardid para agilizar ese conocimiento de sí misma y de sus circunstancias: el marido le llenaba de notitas, de videos y de todo lo que le valiera para encontrarse a sí misma rápidamente y poder vivir ese día sin sentirse extraña con todo lo que encontraba al despertar.
Quizá yo deba hacer lo mismo. Podría ser que mi agujero se lleve lo aprendido cada día y necesite escribirlo cada noche y leerlo nada más levantarme.
En esa película la amnesia era producida por un accidente; yo no he tenido ninguno (que yo sepa). Yo estoy saturada, tengo la mente totalmente obstruida. tanto, que no sé como vaciarla.

Luz siempre está. Soy yo la que no la percibe en muchas ocasiones porque mi mente está demasiado llena de demasiadas cosas. Demasiados proyectos indefinidos, demasiados recuerdos, demasiadas historias incompletas, demasiados pensamientos obsesivos. Y sigue llenándose cada día con lo que cada día recojo. Hay que sacar, vaciar todo lo que no es importante, limpiar, desprenderse de lo que obstruye y bloquea, de lo que se ha colado y no debe estar.
Cuando algo del terreno material me preocupa, lo soslayo y pospongo su resolución absurdamente; como si al hacerlo evitara el problema. No es haberlo analizado y concluir que nada puedo hacer en ese momento confiando que llegará el momento en que las circunstancias resulten favorables a su resolución, sino que dejo que se instale cómodamente en mi mente ocupando un gran espacio y haciendo mucho ruido.
Por eso es necesario revisar cada día lo que hay en la mente. Repasar bien cada rincón hasta asegurarse de que no ha quedado nada que no deba estar y vaciarse de lo inútil para que pueda entrar la Luz que llena la Vida.
Hay una solución mejor: rezar. Y no es solo rezar en el sentido de acudir al Espíritu; es como si rezar obrase el milagro de librar a mi memoria de ese exceso de información que nada aporta a mi alma. Como si alguien pasara un trapo sobre una mesa que ha quedado sucia después de trabajar en ella

***

Un ángel es como una página en blanco donde van quedando escritos nuestros pensamientos y nuestros sentimientos.
Ellos, los ángeles, son las páginas del Libro de Dios y cuando son llamados, presentan lo que ha quedado escrito en ellos. Lo escrito en ellos habla de nosotros.
Cada ángel enviado en verdad está sacrificando su pureza para recoger las palabras de nuestro corazón y nuestra mente y poder hacérselas llegar a Dios.

Cada noche, mientras dormimos, esa página vuela, se posa sobre nosotros y recoge lo que encuentra. Si hay algo digno de ser presentado, al amanecer mirará hacia Dios y declamará esas palabras,; si no hay nada digno de ser presentado, el ángel no mirará de frente a Dios para que no quede de manifiesto nuestra miseria … y se quedará sin alimentarse de la Luz de Dios.
Cada día que vivimos sin poner algo hermoso en nuestra vida, es un día que dejamos al ángel sin alimento.
Cada día que ángel puede volverse a Dios y que Dios lea lo escrito por nuestra vida, ángel se llena de Divina Luz y al volverse de nuevo a nosotros para seguir mirándonos, esa Luz Divina irradiará sobre nosotros, sobre nuestra vida.
Y esto no es un cuento, ni la novelación de un pensamiento. Es experiencia personal.

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Está diluviando. Como si el cielo hubiera estado mucho tiempo cerrado y, de repente, hubiera abierto todas las puertas a la vez. No ha sido así exactamente en este caso; es el fruto de una día de ayer ardiente; era como el fuego del desierto y ese mismo calor es el que ha provocado esta tormenta, esta lluvia tan intensa.

Me viene el pensamiento del Diluvio y pienso en el paralelismo entre el bochornoso día de ayer y el torrente de agua que cae hoy y en lo que significa ese agua. El Amor, la Vida verdadera, lo que da vida a la vida para que la vida sea.
Echamos agua a las plantas cuando están secas para que no mueran. Es curioso pensar que el ser humano, a pesar de lo que parezca, es principalmente agua.
Creo que el Diluvio significa la escasez de amor que hay en el ser humano.
Ayer fue un día abrasador y un solo día ha sido capaz de desatar hoy esta tormenta. El Diluvio significa la Humanidad entera seca de amor, de Amor de Verdad y a Dios enviando todo el Suyo para limpiar nuestras miserias; aunque con eso llegue a destruir todo lo que somos. En realidad nos da la oportunidad de comenzar de nuevo, empezar a vivir una vida nueva.

Hubo un tiempo en que rezar me consolaba, me reconfortaba, me daba energía e ilusión, pero ya no es así. No es que las oraciones hayan perdido fuerza, es que no me quedan fuerzas para acudir a la oración. También ese castillo se me ha hundido. ¿A quien rezo? ¿Quien recoge las oraciones? ¿Dios? ¿Qué Dios? ¿El que describe la Biblia? ¿EL que se llama Alá en el Corán? ¿Un ser que manifiesta demasiados rasgos humanos como para dar confianza de inmutabilidad, de estar al margen de las miserias humanas?
Qué pena, qué pena más grande. Los hombres hemos destruido a Dios de tanto hablar de él, de tanto querer comprender quien es, de tanto investigar en lo que ha dicho, transmitido, manifestado.
De tanto querer saber quien habla y escucha hemos dejado de hablarle y escucharle. Al menos eso es lo que me ha pasado a mí.
Recuerdo algo de un sueño que he debido tener esta noche, y digo he debido porque no recuerdo nada de él; solo unas palabras que alguien me decía: “¿Comprendes ahora que, a veces, lo que está dentro está afuera y lo que está fuera está dentro? Lo más curioso es que yo decía que sí, que lo comprendía, cuando no comprendo nada de lo que quería decir. Debía ser una parte de mí que apenas conozco la que contestaba.

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Madre ¿Por qué Dios no hablaba a las mujeres en la Biblia? ¿por qué no hubieron profetisas, ni patriarcas mujeres? Y, si las hubo, si Dios Padre si habló con ellas e hizo de ellas transmisoras de Su Palabra,¿cómo pudo consentir que los hombres acallaran su voz, que no dejaran testimonio de ese tiempo?
Sabes que creo, que sí lo hizo, que sí habló a través de ellas muchas veces y que viendo la forma en que los hombres ignoraban los mensajes llegados a través de ellas, se hizo mensaje vivo e hizo que fuera transmitido a través de una mujer. De Ti, de lo que Tú representas. Casi parece decir: “Lo que más despreciáis vosotros, es lo que más amo yo; aquello a lo que dais menos valor, es en verdad lo más valioso para mí

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El Pan en el que se alimenta nuestra alma, está hecho con el trigo que creció de las semillas que el Sembrador plantó en nosotros; el Vino en que nuestra alma sacia su sed salió de las uvas que crecieron en la viña que el Señor plantó en nuestra alma.
Y el agua con las que se riega ese trigo y esa viña, es el amor que dejamos que sea nuestra vida.
Madre vierte su Amor en nosotros para que nos hagamos amor y crezcan y fructifiquen nuestro trigo y nuestras vides.
Padre envía segadores a recolectar la cosecha; nombra administradores que velan por su hacienda y maestresalas que distribuyen lo obtenido; aunque no sepan de donde salió; y así hace que muchos reciban lo que no tienen por sí mismos.

Mente se hace luz cuando el pensamiento piensa en Dios. Esto es Luz.

Madre se viste de misterio para ser buscada. Madre se oculta en lo secreto para ser encontrada.

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Lo más importante de estas notas no es lo que diga, todo lo que digan; ni que sus deducciones o conclusiones sean perfectas o irrefutables. Lo más importante es que existan, porque ellas recogen los pensamientos que he encontrado y los que van llegando. Puede que no todos estén bien desarrollados, que algunos induzcan a error, pero algunos serán buenos de verdad, estarán alumbrados por la presencia de Luz y esos perdurarán en el tiempo.
Un día, uno cualquiera, volverán a ser leídos y los que mantengan intacta su luminosidad se alzarán sobre los otros y seguirán hablando. Pero, si no son recogidos cuando los miro, simplemente se pierden en el olvido.

 
18 mayo 2011

Siento una apatía enorme, algo que se podría llamar laxitud y que no es la primera vez que siento. Lo más sensato debe ser esperar a que pase; como otras veces ha pasado también. Pero mientras dura...es extraño lo que siento.
Pienso en rezar, pero la oración está vacía de fe y se vuelve un acto mecánico que no me llena nada ese vacío.
Rezar para pedir la fe, la fuerza, la pasión. Pero pedir significa que se carece de lo pedido y me pregunto por qué carezco de eso. Me pregunto qué hace que a veces la sienta y a veces no.
Mi boca parece sellada, los labios permanecen unidos y no salen apenas palabras; ni siquiera para hablar contigo, para expresarte lo que siento. Solo el sonido del teclado al escribir estos pensamientos producen algún sonido. ¿Lo escuchas como si fueran palabras también?
Añoro los diálogos, la interacción; pero parece que es algo que perdí.
Dicen que no se puede perder lo que no te pertenece y que nada pertenece a nadie; ASÍ QUE NUNCA SE PIERDE NADA. Pero sí se tiene o percibe cuando está presente y si esto es así, es que estuvo presente y ya no lo está.
¿Tengo alma? ¿O soy una cascara vacía o hueca? Y si la tengo, si permanece conmigo ¿por qué no la siento? ¿por qué no me responde? ¿por qué no me hace saber cómo está y cómo siente? Y si no la tengo ¿donde está? ¿por qué no está en mí?

***

 Si en esta última nota he puesto la fecha es por lo que significa. NI siquiera recordaba que hubiera escrito esto, pero ahí estaba. Y ahora, tan solo un poco más de un mes después, puedo decir de qué forma Madre me regaló pocos días después el descubrimiento de algo apasionante. Quizá ese vacio que sentía no era más que la ausencia temporal de mi alma, que andaba recorriendo universos más vastos y luminosos para recoger un mapa que me  está llevando por nuevos caminos. Una vez más, otra maravillosa vez más, puedo decir y asegurar que Dios sí habla con los hombres, que nos escucha y responde, que nos orienta y enseña, que nuca ha dejado de hacerlo. El problema que tenemos es que nos dirigimos hacia Dios, hacia su aspecto masculino o femenino, con menos confianza que si echaramos una instancia en el "departamento de décimos de loteria premiados a disposición del público"; hasta ahí volveríamos para ver las listas una y otra vez aunque muchos pensasen que es una tontería, que nunca se reparten premios de verdad. 
Lo que más nos cuesta comprender es que Dios está dentro y que hay que ir hacia dentro para encontrar esa chispa luminosa y divina que hay en cada uno.
Una de las primeras cosas que Madre me enseñó es de lo más simple. "Cuando empiezas a limpiar algo, lo primero que descubres es toda la suciedad que tiene acumulada. ¿Qué haces cuando eso sucede? ¿La dejas ahí y te vas o sigues limpiando hasta verla desaparecer?





El cambio

Hay veces en que la vida, inesperadamente, te pone ante algo que tiene la capacidad de establecer los cimientos de una nueva vida; pero solo te los muestra.
Es como si te hiciera un guiño, un jugar a: ¿a ver si adivinas donde está la pelotita?
Te muestra la puerta, pero espera que la abras tú; te muestra el camino, pero quiere que lo andes tú. Y eso siempre implica decidir algo sobre algo que impide, obstruye, atasca, atora y se interpone al acceso a esa otra forma de vivir.
A veces, ante esos contratiempos, la inmediata reacción es renegar, sentirse manipulado por la vida que parece jugar con nuestras emociones y deseos; que nos pone la miel en los labios y luego no nos da más. Es difícil no quere más tras haberla saboreado.
Lo que en realidad hace el bendito universo es acudir en nuestra ayuda a pesar de todo. Conoce en profundidad nuestros anhelos, nuestros más recónditos sueños y nos pone ante algo que viene a quere decir: "¿Ves? Eso que sueñas existe; está ahí, muy cerca ¡Ve a por ello!"
Lo que ha hecho es untar nuestros labios con miel y enseñarnos donde está el panal para que cojamos toda la que queramos.
A veces la esencia mediocre que también vive en nosotros ve las abejas, oye sus zumbidos, teme sus picaduras, se asusta y se retrae; aunque haya probado la miel.
A veces la esencia precipitada que vive dentro de nosotros se abalanza como un oso furioso contra el panal y además de las picaduras que se lleva, destruye el panal.
 A veces se tiene la suerte de que la voz del universo es clara y se puede oir como dice: Vé a por tu miel, pero con calma. Así, no te harán daño las abejas, ni tú a ellas.
Ser osado no es ser intempestivo; ser prudente no es amilanarse.

El cambio es como el agua; su discurrir es transformación. El cambio es vida y para que la vida esté viva, hay que cambiar la forma en que se vive de tanto en tanto.
A veces el cambio es entrar en la quietud, a veces el cambio es salir del estancamiento.
Sea cual sea, el máximo cambio se produce cuando se abandona la inercia por la que parecemos estar moviéndonos, cuando, en realidad, no hacemos más que dejarnos arrastrar por un ímpetu pasado.