Los sueños

Alguien comenta que ha tenido un sueño esa noche en la que prácticamente repetía lo hecho durante el día anterior.
Otra persona que hay cerca dice que eso es normal, que la mente proyecta en los sueños lo vivido en el día.
Yo guardo silencio. No estoy de acuerdo con esa explicación.
Podría haber dicho que eso solo sucede cuando no se ha limpiado la mente antes de entregarte al sueño; o cuando algo de lo vivido en el día necesita ser contemplado desde otro plano para comprender o aprender algo que se ha pasado por alto. Y que entonces, cuando la mente ha quedado limpia y ya se ha revisado conscientemente lo vivido en el día, los sueños son diferentes, traen otras cosas a nosotros, nos introducen en una dimensión y un conocimiento de nosotros mismos y de cuanto nos rodea tan alucinante, que al despertar nos damos cuenta que nuestra propia mente no ha sido capaz de fabricar lo soñado; que son sueños que llegan para que avancemos en el camino espiritual y nos hablan de cosas imposibles de imaginar.
Pero no lo dije. Quedé en silencio preguntándome al mismo tiempo por qué lo hacía. Ahora lo sé.
Hacerlo significaba decir que lo sabía porque los he tenido. Decirlo significaba que yo iba un paso por delante y eso hace que no se vea cuantos pasos me queden por dar, cuanto me quede por aprender, cuanto camino tenga que recorrer y solo quede una impronta ¿por qué tú si y yo no? ¿Qué tienes tú de especial para que sea así? ¿Crees que eres mejor que yo o que trabajas más en el camino espiritual?
Todas esas preguntas pueden  hacerse con una simple mirada, sin pronunciar ni una sola palabra. La he visto muchas veces.
Y porque hay personas a las que gusta manifestar cuanto saben y cuan especiales son y a las que no les gusta nada que alguien normal les haga sentir que hay cosas que aún no saben.
A veces estamos tan llenos de cuanto sabemos, que no estamos capacitados para aprender nada nuevo.