Los mejores deseos

Se me ocurre pensar en todas esas felicitaciones y expresiones de buenos deseos que prodigamos en estas fechas continuamente. No hay encuentro que no se salde con una "¡¡Felices Fiestas!!" o un "¡Feliz año!!" y además así, con admiraciones, para enfatizar más nuestro saludo.
Hay quien dice estar harto de tanta hipocresía, de que solo seamos capaces de hacerlo en unas fechas determinadas o cosas por el estilo. Y tiene razón quien así piensa; pero creo que está viendo el panorama desde un ángulo muy pequeño, o limitador.
Pienso en todas esas expresiones. Pienso y me doy cuenta de todo lo que hay tras ellas, lo que no se ve ni se oye pero está ahí, y lo que veo es una carga impresionante de pensamiento positivo. Expresar deseos de felicidad, paz, alegría, de poder compartir grandes y pequeños momentos con familia, amigos, pareja ... no es, en definitiva, más que una carga masiva de pensamientos positivos expresándose a todas horas, saliendo de nuestra mente y en muchos casos de nuestro corazón (estoy convencida de que la mayoría de las veces es así) como torrentes que manan a borbotones. Pero, sin darnos cuenta, todo eso que construímos para poder ser expresado, se hace también en nosotros; es como si quedara en nuestro ser el residuo de su fabricación. Y así, de esa forma tan simple, nos positivamos también; nos hacemos más sensibles a la felicidad, emocionalmente más abiertos; nos predisponemos a recibir aquello mismo que estamos deseando a otros.
Nos volvemos más eufóricos, alegres, risueños, comunicativos, íntimos, tolerantes. Y no es de extrañar. Tantos pensamientos positivos, tanta buena energía zumbando alrededor, corriendo presurosa de una boca a otra, de una mente que la envía a un corazón que la recoge (o viceversa) tiene que dejar el espacio invisible en el que nos movemos cargado y recargado, como si de una autopista supersónica se tratara, de las mejores vibraciones de las que somos capaces. Y, al final, lo enviado llega también.
Se prodigan los besos, los abrazos, las alegrías de los encuentros, los recuerdos emocionados para los que están lejos o no están, se comparte vida.
Creo que ese es el gran milagro de estas fechas y lo gracioso es que es un milagro que fabricamos nosotros mismos con cada uno de esos gestos y expresiones.
El resumen de esto sería algo así como: "¿Quieres algo especial y maravilloso? Deseaselo con todas tus fuerzas a todo aquel a quien creas que podría benefiarle que se realizara en él, eso mismo que tanto deseas."  

El humus

Estar coloreando un mandala mientras piensas ¿Pero qué puñetas hago yo aquí?, enlazar el simbolismo del color que estás usando para empezar a pensar en las peculiaridades del trabajo agrícola que ha aparecido como una oportunidad y acabar comprendiendo una enseñanza de vida, puede parecer un poco enrevesado, pero así es como sucedió.
Había tomado una decisión y me había lanzado a ella llena de ilusión, pero ese mismo día me asaltaron multitud de dudas respecto a mi capacidad, la viabilidad de esa ilusión y lo acertado de mi decisión. Las dudas siempre asaltan a traición; esperan el momento en que detienes un poco la euforia para hacer acto de presencia y como se te ocurra dedicarles una pequeña mirada, se instalan haciéndose fuertes y debilitando tu voluntad.
Había preparado la comida en poco tiempo pero todos parecían disfrutarla a gusto; comíamos al sol en un esplendido día de otoño, las aves trinaban espectacularmente por todas partes y nos rodeaba un paisaje natural y prometedor; todo parecía idílico. Pero yo me sentía un poco desubicada. Quizá, en definitiva, aquello no fuera lo que yo había creído que sería; quizá tampoco en ese lugar alcanzaría los medios para desarrollar todo lo que he ido aprendiendo y sintiendo; quizá, tampoco ese era el lugar adecuado.
En medio de la inquietud, cuando más amenaza hay de que me precipite, suelo ponerme a colorear mandalas. Es como darle un tiempo de quietud al alma, como poner una barrera a un torbellino para dejar que se diluya antes de causar destrozos irreparables.
En ese caso correspondía coger un color al azar y salió el marrón oscuro. Con más contrariedad que otra cosa empecé a colorear; habría deseado que saliera un color más alegre y dinámico, un color que estimulara mi positivismo y me hiciera ver la luz donde solo veía oscuridad. Pero salió el marrón oscuro y tenía que ser fiel al juego.
Casi estaba terminando cuando surgió esta conversación con una de las personas que estaba en la finca ese día (gracias Mayte)

  • ¿Marrón?
  • Si, hija sí. No me gusta nada el marrón, pero es el que ha salido.
  • Uhmmm, Marrón...como la tierra
  • Bueno, a lo mejor me está diciendo que trabaje la tierra.
  • Y como el humus
  • ¿Humus? Si, es cierto. Parece el color del humus.

Fin de la conversación. Principio del pensamiento.

Hay veces que una sola palabra parece tener la llave de nuestra mente inteligente, esa que comprende sutilezas que se le escapan a la mente racional. Ese día, la palabra clave fue humus.
Fue como si hubiera escrito en el buscador de Google “humus” y aparecieran cientos de entradas. Mi mente empezó a hacerse humus; veía todo el proceso en instantes más pequeños que los segundos, sentía la transformación de la materia orgánica; el ciclo vida/muerte/transformación/vida....yo misma era árbol, hoja, tierra, microorganismo, bacteria y, de repente, la memoria encontró una frase que había leído hacía pocos días y que he repetido mucho desde entonces “Los grandes logros, como los grandes amores, requieren de grandes esfuerzos”.

Y la claridad se hizo.

Las decisiones importantes no pueden valorarse en un instante determinado, sino a través del tiempo. En ese tiempo, lo surgido de esa decisión irá tomando cuerpo, transformándose, avanzando paso a paso, quizá mostrando otras opciones que resultan aún mejores, encontrando en la quietud la verdad profunda que la puso en marcha. Solo al final mostrará todo lo que implicaba ese proceso; solo al cabo del tiempo se podrá llegar a conocer de qué forma te afectó e influyó en los demás. Pero no puedes detenerla al primer instante de duda.
Si la hoja que cae de un árbol se seca nada más llegar al suelo, ha muerto sin aportar nada a la tierra que alimentó su crecimiento. Ha de posarse, mezclarse en su humedad, descomponerse, trasformarse y volver a penetrar en ella entregándole su riqueza para que otras como ella puedan volver a nacer.

¡Qué parecido a la vida es esto! Solo podemos proporcionar riqueza a nuestra vida, si estamos dispuestos a someternos a procesos de intensa transformación en los que deberemos dejar atrás mucho de lo que fuimos, con la seguridad de que las cosas verdaderamente importantes siempre permanecerán. Quizá de otra forma, quizá menos evidentes, pero siempre estarán.

Como el árbol, las ramas de mis experiencias se llenaron de las hojas de mis emociones y los frutos de mis pensamientos, pero solo es posible mi propia regeneración si soy capaz de desprenderme de las que ya cumplieron su ciclo y, así, estaré proporcionando a la vida el sustrato necesario para crear las condiciones adecuadas para que se produzca un nuevo renacer. Pero todo ese proceso necesita tiempo también; tiempo para solidificarse, hacerse estable, consolidarse y colocarme en la mejor disposición para ver llegar los nuevos brotes y celebrarlos con alegría en vez de con temor por si no soy capaz de alimentarlos adecuadamente.

Cuando terminé de colorear el mandala miré a mi alrededor. Sí, estaba en el lugar adecuado. Había mucho por hacer y quizá algún día me flaquearan las fuerzas, pero era ese mismo hacer el que iría construyendo ese mismo tiempo en que la tierra, el agua, la materia orgánica, los microorganismos y el tiempo se alían y logran ese gran milagro de la naturaleza que llamamos humus.


La obsolescencia de las certezas

Hace tiempo que tengo en la cabeza  comentar algo sobre las certezas; esas afirmaciones que tan categoricamente solemos expresar como irrefutables e inamovibles.
No es fácil hablar de esto porque parece haber una sutil línea que hace apenas perceptible la diferencia entre opinión, creencia o convencimiento y certeza; una línea que suele hacer que nos la saltemos alegre e impunemente cuando nos pronunciamos en algún sentido.
Todo esto viene a colación de una conversación en la que actúe como mero testigo. Una conversación en la que oí pronunciamientos muy rigidos que denotaban una absoluta seguridad sobre algo que yo sentía decadente. Eso me hizo pensar en la obsolescencia; esa llamativa palabra a la que ahora estamos tan acostumbrados por aquello de la "obsolescencia programada"; esa artimaña que se han inventado los industriales para hacernos tirar algo que podría durar mucho más si se hubiera fabricado con conciencia de durabilidad y sin embargo se ha construido adrede con un tiempo de vida programado muy corto. Es un producto de la sociedad de consumo en la que vivimos.
 Estamos acostumbrados a eso, con mejor o peor gana lo hemos aceptado e incorporado a nuestras vidas y no pasa nada (Aparentemente, claro)
En cambio nos posicionamos con una rigidez extrema ante ideas, conceptos o creencias que deberían ser más flexibles; deberían estar adecuados a nuestros propios cambios, a la evolución personal propia del ser humano, a nuevos descubrimientos que nos demuestran que siempre estaremos muy lejos de la verdad absoluta, del conocimiento pleno, de la total certidumbre. Porque todo esto es lo que realmente define lo que es la certeza.
Durante largos periodos de la historia se tenía la "certeza" de que el planeta Tierra era plano y el sol giraba a nuestro alrededor. Hoy eso nos da risa. Como este ejemplo hay millones que han ido jalonando la historia del hombre.
Nuestras certezas se dan de morros constantemente con nuevas evidencias y lo que me resulta más llamativo es lo que nos cuesta desprendernos de ellas para aceptar lo que la evolución de  nuestros conocimientos va trayendo.
Necesitamos las certezas; necesitamos sentirnos reforzados y afianzados por determinadas certidumbres a las que nos asimos como a botes salvavidas, aún antes de que el buque en el que navegamos llegue a zozobrar siquiera. Y, a veces, nos aferramos tanto a ellas que no somos capaces de disfrutar contemplando la serenidad de un mar en calma.
Quizá el recurso de la certeza sea una forma de anclarnos en un mundo que está en constante metamorfosis. Quizá sea algo como lo que me dice mi hija cuando ve que empiezo a cambiar los muebles de sitio. "Mamá, en mi vida, que está en constante cambio,  necesito que algunas cosas permanezcan quietas".
Pero, una cosa es que algo permanezca y otra muy diferente es que sea inamovible; y el riesgo de las certezas a las que llegamos en la vida, es que se conviertan en un ancla que no nos deja movernos, evolucionar, crecer.
Y me pregunto por qué ¿por qué nos resistimos tanto a demoler lo que sentíamos como certeza a pesar de que no hay nada irrfutable?
Tengo la sensación de que es consecuencia de un error de interpretación. Por desgraciame temo que es algo que deviene de las enseñananzas de las religiones habidas y por haber en todas las épocas de la humanidad, porque lo primero que se exige y predica es la absoluta certeza respecto a la existencia y verdad incuestionable del dios que pregoniza cada religión. Desde ahí se ha ido postulando el asentamiento de las certezas como símbolo de coherencia, firmeza de caracter, honorabilidad, persona que inspira confianza ... etc, etc... y lo contrario a eso parece presentar a alguien veleidoso, irresoluto, contradictorio, alguien que provoca desconfianza (sobre todo porque no se puede etiquetar de ningún modo)
Me temo que estoy en este segundo grupo (y digo lo de "me temo" por aquellos que necesitan tener la certeza de saber como soy y lo que pienso). Mis certezas, las pocas que tengo, son ciertas hoy; pertencen al instante de vida en el que me encuentro. Algunas, como que soy madre y todo lo que ello implica sentimental y emocionalmente, lo más seguro es que puedan considerarse verdaderas certezas. Pero a pocas cosas más puedo asignar el titulo de certeza porque si soy un ser en constante evolución, también deberían evolucionar mis pronunciamientos, mis creencias, mis opiniones, mis experiencias (que suelen ser la base de todo lo demás). Como suele decirse, si hay algo verdaderamente cosntante en el universo, es que todo está cambiando constantemente.

Bien, he de decir que tengo que agradecerle a mi reciente amigo Jesús Arnau el haber encontrado la palabra "certeza" porque, aunque hace mucho tiempo sentía la necesidad de expresar este pensamiento, no había localizado la palabra que expresaba mi idea y fue leyendo un post suyo en su blog cuando me di cuenta que esta era la palabra que definía el eje de mi comentario. Sé que no añado prácticamente  nada a lo que él dijo, pero mi expresividad también necesitaba su espacio y se lo quería conceder. Gracias Jesús.

"El cazador recolector de certezas" http://lapoda.wordpress.com