Verdades sin mentiras.



Hace unos días, una conocida me comentó un problema que se le había presentado de improviso  y que la tenía bastante desconcertada. Había fallecido el padre de su ex y este se negaba en rotundo a comunicarle ese hecho a la hija de ambos (una niña de 10 años). Mi conocida pensaba que era mejor decirle la verdad, pero chocaba frontalmente con la postura de su ex que, además, se tomó muy mal que ella pretendiera hacer tal cosa porque pensaba que no hacía falta trastocar con algo así la vida de una niña pequeña. La nuestra fue una conversación corta y aún no sé cómo habrá resuelto el problema esta chica. Pero a mí se me quedó bailando en la cabeza este hecho y me ha dado qué pensar. Básicamente, más allá del hecho en sí, en dos cosas. En los niños y en los adultos.
En cuanto a los niños, es como si se pretendiera meterlos en una burbuja de ignorancia que se construye a base de mentiras. El hecho a ocultar puede ser el fallecimiento de alguien, una enfermedad, un divorcio, una situación cualquiera que se considera traumática y de la que se les quiere apartar. Erróneamente, se considera a los niños débiles, cuando lo que son es frágiles. Frágilmente vulnerables a la mentira. Se les oculta o deforma circunstancias naturales de la vida sin comprender que lo que se hace es dejarlos desamparados y sin fortaleza ante distintos avatares que, antes o después, encontrarán. Preocupa que sufran ante alguna de estas circunstancias, pero no que crezcan sin crecer, sin comprender, sin aprender, sin experimentar sus propias emociones, cuando pueden hacerlo bajo el sostén de sus propios padres. Los niños sufren cuando no entienden, no cuando se les explica las cosas con serenidad y transmitiéndoles confianza. Los niños sufren cuando van viendo que su entorno es diferente, que va a casa de los abuelos y el abuelo no está nunca; que su padre o madre, apenas asoma la nariz por su vida; que hay alguien a quien no le dejan ver o percibe de una forma diferente sin saber qué le ocurre. Los niños son muy perceptivos, son esponjas de las emociones de los adultos y no necesitan que se les cuente nada para intuir que algo sucede, algo raro. Cuando no reciben explicaciones sacan sus propias conclusiones y cuando llega el día en que descubren la verdad (algo que siempre sucede antes o después) se quedan desconcertados. Las justificaciones que se les dé en ese momento, en el mejor de los casos, lo que les enseña es que la mentira es buena, que está justificada, que responde a un bien mayor. Una de las mayores falacias del ser humano es alimentada por unos padres que lo único que están manifestando es su propia inmadurez, su incapacidad para sentarse con su hijo/a y hablar, explicar, ayudarle a comprender. Lo más gracioso, (irónicamente, claro) es que esos pequeños bichitos tienen una capacidad asombrosa para entender y comprender cosas que a nosotros, sesudos adultos, nos resultan tan complejas.
No sé qué estamos haciendo, pero veo por qué se hace. Parece que, en algún momento de la vida, se nos ha transmitido que sufrir es malo, que hay que eludir como sea el dolor. Lo que no se nos ha dicho es que sufrimiento y dolor es consecuencia de no haber comprendido, de habernos quedado en lo pequeño y circunstancial y no haber visto la grandeza que hay detrás de cada momento de la vida.
Ahora no se quiere nada de eso. Se prefiere y elige el parto sin dolor, los divorcios edulcorados, la pastilla que quite pronto el malestar, los muertos sin muerte, las ausencias que parecen juegos del escondite. La mentira.
Se olvida fácilmente que el tiempo que los niños están con los padres es un tiempo para crecer, para afianzar el carácter que les acompañará la mayor parte de su vida y que, en muchos casos, va  a suponer un arduo trabajo de adulto para desaprender lo transmitido, para buscar solo una esencia que habrá quedado perdida bajo todas esas burbujas que se les ha proporcionado de pequeños. A veces me da la sensación de que se quieren niños de escaparate; monos, monísimos, que no den problemas ni nos enfrenten a nuestras propias miserias, que digan muchas veces gracias y por favor, que sean el muñeco con el que jugamos a vestir y desvestir, que sea simpático y gracioso pero sumiso y obediente, que no haga preguntas incómodas que no se sabe cómo responder pero que sea inteligente (un poco incongruente esto ¿no?).
Todo esto me lleva a pensar que las mentiras que se cuentan a los niños no están hechas en pro de su felicidad, sino por la incapacidad de los adultos a decir la verdad y aguantar el chaparrón hasta que el niño haya asimilado, digerido y comprendido la situación en ciernes. Porque decir la verdad no es soltarla y dejarlo solo con ese chaparrón encima; es estar a su lado, responder todas las preguntas que necesite hacer, consolarlo con entereza si entristece, sin enredarse en melindres, es afrentar enfados o reproches con serenidad y comprensión y explicarle lo que deba ser explicado tantas veces y de tantas formas como sea necesario. Y así, al final de este recorrido, ese niño habrá crecido; habrá dado un paso muy importante en su desarrollo de ser un humano maduro y capaz de vivir la vida en todas sus dimensiones. Sin trampas.

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